La creatividad no sirve para hacer cosas bonitas
Una invitación a mirar: Capítulo 8
La creatividad no sirve para hacer cosas bonitas
Hay una frase que escucho con mucha frecuencia antes de empezar una propuesta creativa.
– «Es que yo no sé dibujar».
A veces cambia de forma.
– «Es que yo no soy creativo/a».
– «Esto no es lo mío».
Lo curioso es que casi nunca están hablando de creatividad.
Están hablando de miedo.
Del miedo a no hacerlo bien.
Durante años hemos asociado la creatividad con el talento, con la capacidad de producir algo bello o sorprendente. Pensamos en artistas, diseñadores, músicos o escritores y olvidamos que la creatividad apareció mucho antes que todas esas disciplinas.
Un niño que convierte una caja de cartón en un castillo está siendo creativo.
Una persona que encuentra una manera distinta de afrontar un conflicto también.
Alguien que descubre una nueva forma de mirar una situación está haciendo exactamente lo mismo.
Con el tiempo me convencí de que la creatividad no consiste tanto en producir algo nuevo como en establecer relaciones nuevas entre cosas que ya existían.
Y eso cambia completamente la manera de entenderla.
Deja de ser un privilegio reservado a unas pocas personas para convertirse en una capacidad profundamente humana.
En los talleres nunca me ha interesado el resultado estético de lo que alguien crea.
No busco dibujos bonitos, metáforas ingeniosas ni composiciones originales.
Lo que me interesa es el recorrido.
Ese instante en el que una persona deja de intentar hacerlo «bien» y empieza, sencillamente, a explorar.
Es un momento muy sutil.
Casi siempre aparece cuando desaparece el miedo a equivocarse.
Entonces ocurre algo que nunca deja de emocionarme.
Las personas dejan de preguntarse si lo están haciendo correctamente y empiezan a preguntarse qué están descubriendo sobre sí mismas.
Y, sin darse cuenta, la creatividad recupera su función más valiosa.
No decorar la realidad. Explorarla.
Quizá por eso nunca he entendido la creatividad como una habilidad artística.
La entiendo como una manera de relacionarnos con el mundo.
Crear es permitir que aparezcan conexiones que hasta ese momento no habíamos visto.
Es abrir una puerta donde antes solo veíamos una pared.
Es concedernos la libertad de pensar que quizá exista otra posibilidad.
Cuando eso ocurre, las emociones también empiezan a moverse.
No porque las hayamos obligado a hacerlo. Sino porque nosotros mismos hemos empezado a mirar desde otro lugar.
He comprendido que la creatividad y la educación emocional comparten algo esencial: las dos nos invitan a salir de respuestas automáticas. Las dos necesitan curiosidad. Las dos nos recuerdan que comprender no consiste en repetir lo que ya sabemos, sino en atrevernos a explorar aquello que todavía desconocemos.
Fue entonces cuando decidí que todo lo que había ido descubriendo necesitaba tomar forma.
No como una teoría.
No como un método.
Sino como una herramienta que pudiera ponerse al servicio de las personas.
Detenerse también forma parte del camino.
El capítulo termina aquí. La mirada, no.
— Carmen Sanjuán —