Lo que realmente permanece
Una invitación a mirar: Capítulo 11
Lo que realmente permanece
A veces me preguntan qué he aprendido después de tantos años acompañando a personas.
Nunca sé muy bien cómo responder, porque cada vez desconfío más de las respuestas demasiado definitivas.
Si algo he descubierto es que las personas somos mucho más complejas de lo que solemos creer. Ninguna emoción cabe del todo en una palabra. Y ninguna mirada permanece igual durante toda la vida.
Quizá por eso nunca me ha interesado ofrecer certezas.
Prefiero cultivar la curiosidad.
He visto cómo una persona cambiaba su manera de comprender un conflicto simplemente porque se le ofrecía un punto de vista distinto. He visto emociones bloqueadas encontrar un camino inesperado a través de una frase o imagen. He visto conversaciones que parecían imposibles abrirse con una naturalidad sorprendente cuando desaparecía el miedo a tener que responder correctamente.
También he aprendido que nadie puede hacer ese recorrido por otra persona.
Podemos acompañar.
Podemos ofrecer un espacio seguro.
Podemos proponer una experiencia.
Pero el verdadero movimiento siempre nace dentro de quien decide recorrer ese camino.
Esa idea me ha dado mucha tranquilidad.
Antes pensaba que mi responsabilidad consistía en conseguir que algo cambiara en las personas. Hoy sé que mi responsabilidad es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más exigente.
Consiste en cuidar el espacio donde ese cambio pueda producirse.
Después, cada uno encontrará su propio ritmo.
Hay quien descubre algo importante durante el taller.
Hay quien lo hace semanas después.
Y hay quien simplemente se marcha con una pregunta que seguirá acompañándolo durante mucho tiempo.
Las tres posibilidades me parecen igual de valiosas.
Porque el objetivo nunca ha sido provocar grandes transformaciones.
Ha sido ayudar a que cada persona pueda relacionarse con lo que siente de una manera un poco más consciente, un poco más libre y un poco más amable consigo misma.
Si «Una invitación a mirar» ha conseguido despertar esa curiosidad, aunque solo sea durante unos minutos, siento que ya ha cumplido su propósito.
Porque, en el fondo, nunca he querido enseñar a nadie cómo mirar.
Solo he querido recordar algo que todos sabemos y que, con demasiada frecuencia, olvidamos:
Siempre existe otra manera de mirar.
Detenerse también forma parte del camino.
El capítulo termina aquí. La mirada, no.
— Carmen Sanjuán —