Cuando un símbolo sabe más que nosotros
Una invitación a mirar: Capítulo 3
Cuando un símbolo sabe más que nosotros
No recuerdo el día exacto en que empecé a sospecharlo.
No fue una revelación. Nadie me señaló un camino que hasta entonces hubiera permanecido oculto. Ocurrió despacio, casi sin darme cuenta, como suelen ocurrir las cosas que acaban transformándonos de verdad.
Una persona escogía una imagen y, de pronto, encontraba palabras que unos minutos antes parecían imposibles.
Otra permanecía largo rato observando una fotografía antes de decir una sola frase.
Alguien hablaba de un árbol y, mientras lo escuchaba, comprendía que en realidad estaba hablando de sí mismo.
Aquello me fascinaba.
No porque creyera que las imágenes escondieran mensajes secretos. Nunca lo he pensado. Lo que empezaba a descubrir era algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, mucho más profundo.
Las imágenes no hablaban por las personas.
Les ofrecían un lugar desde el que empezar a hablar.
Hasta entonces había dedicado mucho tiempo a formular mejores preguntas. Poco a poco fui comprendiendo que, en ocasiones, una buena imagen hacía innecesarias muchas de ellas. No porque respondiera a las preguntas, sino porque ayudaba a que aparecieran otras que la persona todavía no sabía hacerse.
Cuando alguien habla directamente de sí mismo suele sentirse observado. Sin embargo, cuando habla de un árbol, de un cajón o de una ventana, parece que toda la atención se dirige hacia ese símbolo. Y, casi sin advertirlo, empieza a proyectar en él recuerdos, deseos, miedos o esperanzas que quizá no habría expresado de otra manera.
No es magia.
Tampoco interpretación.
Es una forma distinta de acercarnos a nosotros mismos.
Dejé de preguntarme qué significaba un símbolo. La misma imagen podía representar cosas completamente diferentes para dos personas. Incluso para la misma persona en momentos distintos de su vida.
Comprendí que mi trabajo no consistía en explicar el símbolo, sino en acompañar a quien lo había elegido para que pudiera descubrir el significado que tenía para ella en ese momento.
Y entonces apareció otra pregunta.
Si una imagen podía abrir una conversación de una manera tan natural…
¿qué ocurriría si, además, la elección de esa imagen no dependiera de una decisión racional?
Detenerse también forma parte del camino.
El capítulo termina aquí. La mirada, no.
— Carmen Sanjuán —