Lo que nos pone en camino
Una invitación a mirar: Capítulo 1
Lo que nos pone en camino
Nunca he creído que los viajes comiencen cuando elegimos un destino. Tampoco cuando compramos un billete o hacemos una maleta. Para entonces, el viaje ya ha empezado.
Empieza mucho antes. Empieza cuando imaginamos ese viaje y empezamos a llenarlo de expectativas. Sin darnos cuenta proyectamos sobre él nuestros deseos, nuestras ilusiones e incluso aquello que esperamos encontrar. Solo cuando la realidad no coincide con esa imagen descubrimos hasta qué punto viajábamos acompañados de ellas.
Con la vida ocurre algo parecido.
A pesar de ello, vivimos inmersos en la prisa, convencidos de que nuestras urgencias son importantes. Corremos de un sitio a otro intentando responder a todo, hasta que la propia vida nos obliga a detenernos poniendo freno a nuestras expectativas. Puede ser una enfermedad, una pérdida, una decepción o cualquiera de esos acontecimientos inesperados que tienen la capacidad de cambiar, de un solo golpe, el orden de nuestras prioridades.
En mi caso, ese frenazo llegó en una Unidad de Cuidados Intensivos.
Hasta entonces también yo vivía convencida de que mis urgencias eran importantes. La enfermedad no solo interrumpió mis planes; interrumpió la forma en que miraba el mundo.
Durante días, la UCI se convirtió en un lugar donde el tiempo transcurría a otra velocidad. La morfina, el silencio y la fragilidad hacían que todo pareciera suceder desde un lugar extraño. Fue allí donde descubrí que la realidad no había cambiado tanto como mi manera de observarla.
Aquella experiencia no me dejó respuestas. Me dejó una sospecha que todavía hoy me acompaña: quizá no vemos el mundo tal como es, sino en función del lugar en el que nos encontramos.
Y cuando ese lugar cambia, cambia también todo lo demás.
Desde entonces he reconocido esa intuición en personas muy diferentes. La he visto aparecer en talleres, en conversaciones, en silencios compartidos y también en mí misma. He comprobado que, cuando alguien consigue mirar una situación desde otro lugar, no siempre cambian los hechos. Lo que cambia es la relación que mantiene con ellos.
Poco a poco comprendí que ésa era la pregunta que realmente me interesaba. No cómo enseñar a las personas a hablar de sus emociones, sino qué podía ayudarlas a descubrir una manera distinta de acercarse a ellas.
Éste es el viaje que me gustaría compartir contigo.
No para ofrecerte respuestas ni para explicarte cómo deberías mirar el mundo. Me conformaría con que, al terminar estas páginas, sintieras la curiosidad de observar alguna parte de tu vida desde un lugar diferente.
Porque sospecho que todos llevamos dentro más de una mirada.
Y, a veces, basta encontrar otra para que empiece el viaje.
Detenerse también forma parte del camino.
El capítulo termina aquí. La mirada, no.
— Carmen Sanjuán —