Cada final de curso se repite una escena que probablemente muchos educadores conocen bien.
Un alumno no ha alcanzado los objetivos previstos. No ha trabajado lo suficiente. Ha faltado. Se ha desconectado. Ha tenido dificultades para respetar determinadas normas. Y llega el momento de decidir qué hacemos con todo aquello.
A veces aprobamos.
No necesariamente porque haya aprendido todo lo que necesitaba aprender, sino porque la alternativa parece todavía más difícil.
Puede haber detrás compasión.
Presión familiar.
Cansancio.
La sensación de que repetir curso no solucionará el problema.
El deseo de no perjudicar todavía más a un adolescente que ya atraviesa dificultades.
Y quizá, en algunos casos, la convicción de que estamos haciendo lo mejor que podemos.
Pero hay una pregunta que merece la pena hacerse:
¿Qué estamos diciendo cuando aprobamos a alguien que todavía no ha aprendido?
Porque una calificación no solo certifica un resultado. También transmite un mensaje. Sobre el esfuerzo. Sobre la responsabilidad. Sobre las consecuencias. Y sobre aquello que creemos que una persona es capaz de hacer cuando encuentra dificultades.
¿Qué estamos protegiendo?
Es comprensible que queramos proteger a nuestros alumnos.
Queremos evitarles el fracaso.
No queremos que una mala experiencia termine convirtiéndose en una etiqueta.
Nos preocupa que pierdan la motivación.
Y sabemos que detrás de un mal resultado puede haber muchas circunstancias que no aparecen en una nota.
Por eso quizá el problema no esté en querer proteger.
Está en preguntarnos de qué queremos protegerles.
Porque proteger a alguien de una frustración concreta no es necesariamente lo mismo que ayudarle a aprender a atravesarla.
Un adolescente necesita saber que puede equivocarse y volver a intentarlo.
Pero también necesita descubrir que sus decisiones tienen consecuencias.
Que el esfuerzo cuenta.
Que hay cosas que no se consiguen inmediatamente.
Que algunas dificultades no desaparecen porque las evitemos.
Y que pedir ayuda no significa que otra persona vaya a recorrer por él todo el camino.
Aprobar no siempre significa haber aprendido
Una calificación puede decirnos muchas cosas.
Pero no siempre nos dice todo lo que necesitamos saber.
Podemos aprobar una asignatura y no haber adquirido todavía aquello que nos permitirá desenvolvernos con autonomía en el siguiente paso.
Podemos obtener un resultado suficiente y continuar teniendo dificultades que necesitarán ser abordadas.
Por eso quizá convenga separar dos cuestiones que a veces confundimos:
¿Ha aprobado?
y
¿Qué ha aprendido?
No son necesariamente la misma pregunta.
Y tampoco deberíamos convertir la segunda en una acusación.
Un alumno que todavía no ha aprendido algo no es un alumno que no pueda aprenderlo.
Ahí está precisamente una de las responsabilidades de quienes educamos: distinguir entre no haber conseguido algo todavía y haber decidido que esa persona no puede conseguirlo.
El otro lado del problema
Pero hay algo más que solemos olvidar cuando hablamos de estas situaciones.
¿Qué ocurre con quienes sí se esfuerzan?
Con quien estudia aunque le cueste.
Con quien pregunta.
Con quien llega a tiempo.
Con quien intenta mejorar después de equivocarse.
Con quien respeta unas normas aunque no siempre le gusten.
También ellos están aprendiendo algo de aquello que ocurre a su alrededor.
Y pueden preguntarse:
«¿Para qué sirve esforzarse si al final da igual?»
La percepción de justicia importa.
No porque todos tengan que recibir exactamente lo mismo, sino porque necesitamos poder entender por qué las cosas ocurren de una determinada manera.
La igualdad no siempre significa dar a todos lo mismo. Pero tampoco significa que las decisiones pierdan completamente su relación con el esfuerzo, el aprendizaje y la responsabilidad.
Quizá una de las tareas más delicadas de educar consista precisamente en encontrar ese equilibrio.
Cuidar no significa evitar todas las dificultades
Acompañar a un adolescente no significa hacerle el camino más fácil en todo momento.
A veces acompañar significa estar cerca mientras atraviesa algo que no podemos atravesar por él.
Significa poder decir:
«Entiendo que esto te cueste.»
Y también:
«Pero necesitamos encontrar una manera de afrontarlo.»
Podemos reconocer el cansancio sin convertirlo automáticamente en una razón para abandonar.
Podemos comprender la frustración sin eliminar cualquier situación que pueda provocarla.
Podemos escuchar la rabia sin aceptar que se convierta en una forma de relacionarse con los demás.
Y podemos sostener un límite sin dejar de mirar a la persona que tenemos delante.
Esta diferencia me parece fundamental.
Porque quizá educar no consista tanto en evitar que alguien se encuentre con dificultades como en ayudarle a descubrir qué puede hacer cuando las dificultades aparecen.
El valor educativo del «todavía»
Hay una palabra que puede cambiar mucho la manera en que miramos estas situaciones:
todavía.
No ha aprendido.
Todavía.
No sabe hacerlo.
Todavía.
No ha conseguido organizarse.
Todavía.
No ha encontrado la manera de enfrentarse a esa dificultad.
Todavía.
No significa rebajar la exigencia.
Significa no convertir un resultado actual en una definición permanente de la persona.
Y quizá aquí encontremos una forma más justa de acompañar.
Exigir no significa dejar de confiar.
Y confiar no significa dejar de exigir.
Podemos mantener ambas cosas al mismo tiempo.
Cuando el sistema también necesita mirarse
Hay otra parte de esta historia que tampoco deberíamos simplificar.
No todas estas decisiones dependen de un profesor.
Los centros educativos trabajan con grupos numerosos, tiempos limitados, normativas, familias con realidades muy diferentes y alumnos que llegan al aula con historias que no siempre conocemos.
A veces sabemos perfectamente qué necesitaría un alumno y no disponemos de las condiciones necesarias para ofrecérselo.
Por eso sería demasiado sencillo convertir esta reflexión en una acusación al profesorado.
Quizá la pregunta tenga que ser más amplia: ¿Estamos creando las condiciones para que enseñar y aprender sean realmente posibles?
Porque reprobar sin acompañar puede dejar a una persona sola frente a una dificultad que todavía no sabe afrontar.
Pero aprobar sin haber aprendido también puede aplazar el problema sin resolverlo.
Entre una cosa y otra existe un espacio mucho más complejo: el de acompañar, exigir, adaptar cuando sea necesario, pedir responsabilidad y volver a intentarlo.
Educar también es sostener la incomodidad
Hay decisiones educativas que no nos van a hacer sentir bien.
Decir que no.
Mantener un límite.
Reconocer que alguien todavía no está preparado.
Pedirle que vuelva a intentarlo.
Decirle a una familia algo que preferiría no escuchar.
Y también reconocer que nosotros no hemos encontrado todavía la mejor manera de acompañar una situación.
Todo eso forma parte de educar.
No siempre podemos elegir la solución que nos deja más tranquilos.
A veces necesitamos elegir la que creemos que puede ayudar más a largo plazo.
Y eso exige una mirada emocional que no consiste en evitar el conflicto, sino en poder permanecer dentro de él sin perder de vista a la persona.
La responsabilidad también se aprende
Hablar de responsabilidad no debería significar culpabilizar.
Un adolescente necesita poder reconocer qué parte de una situación depende de él, pero también necesita adultos capaces de reconocer qué parte depende de nosotros.
La responsabilidad compartida no elimina la responsabilidad individual.
La hace más comprensible.
Podemos preguntarnos:
¿Qué podría haber hecho de otra manera?
¿Qué necesito aprender?
¿Qué ayuda necesito?
¿Qué puedo intentar ahora?
Son preguntas diferentes de:
«¿De quién es la culpa?»
Y quizá resulten mucho más útiles.
Porque una persona no aprende mucho cuando únicamente descubre quién tiene la culpa.
Aprende cuando consigue comprender qué puede hacer con aquello que ha ocurrido.
Quizá no se trate de aprobar o suspender
Al final, quizá la pregunta más interesante no sea si debemos aprobar o suspender.
Esas decisiones tienen su lugar y cada situación necesita ser valorada en su contexto.
La pregunta que me interesa es otra:
¿Qué estamos enseñando con nuestras decisiones?
Si un alumno se equivoca, ¿qué aprende sobre el error?
Si no cumple, ¿qué aprende sobre las consecuencias?
Si se esfuerza, ¿qué descubre sobre el valor de ese esfuerzo?
Si necesita ayuda, ¿aprende a pedirla o aprende a esperar que alguien resuelva las cosas por él?
Y si no consigue algo a la primera, ¿encuentra un espacio para volver a intentarlo?
Quizá ahí esté una parte importante del verdadero aprendizaje.
No únicamente en aquello que aparece en una calificación, sino en lo que vamos aprendiendo sobre nosotros mismos mientras intentamos conseguirlo.
Educar para cuando nosotros ya no estemos
Hay una escena que me hace pensar especialmente en todo esto.
Un día ese adolescente dejará el centro educativo.
Ya no estaremos allí para recordarle que estudie.
No podremos acompañarle a cada entrevista de trabajo.
No podremos explicarle cada consecuencia de sus decisiones.
Tendrá que enfrentarse a situaciones en las que nadie podrá evitarle la frustración.
Y quizá el verdadero sentido de acompañarle no sea conseguir que ahora todo le resulte más sencillo.
Quizá sea ayudarle a construir recursos para cuando nosotros ya no estemos allí.
Aprender a equivocarse.
Aprender a esperar.
Aprender a pedir ayuda.
Aprender a sostener un esfuerzo aunque el resultado no llegue inmediatamente.
Aprender que hay límites.
Y aprender también que un resultado negativo no dice quién eres ni determina lo que podrás conseguir después.
Aprobar sin aprender
Quizá por eso me inquieta tanto la expresión «aprobar sin aprender».
No porque crea que suspender sea una solución.
Ni porque piense que la exigencia deba imponerse por encima de cualquier otra consideración.
Me inquieta porque puede ocurrir que, intentando evitar una dificultad presente, dejemos sin abordar otra que aparecerá más adelante.
Y quizá entonces sí estemos ante un espejismo.
No el de una educación que quiere cuidar demasiado.
Sino el de creer que hemos resuelto algo simplemente porque hemos conseguido que la dificultad desaparezca de nuestros ojos durante un tiempo.
A veces cuidar significa aliviar.
Y otras veces significa quedarse cerca mientras alguien aprende a hacer aquello que todavía no sabe hacer.
Quizá la diferencia esté en saber cuándo necesitamos cada cosa.
Educar es también aprender a mirar
No hay respuestas sencillas para estas situaciones.
Tampoco creo que debamos buscarlas.
Cada alumno llega con una historia.
Cada familia tiene sus circunstancias.
Cada centro conoce sus posibilidades y sus límites.
Pero sí podemos detenernos de vez en cuando y mirar nuestras propias decisiones.
Preguntarnos qué estamos protegiendo.
Qué estamos evitando.
Qué estamos enseñando.
Y qué necesitará esa persona cuando ya no estemos nosotros para acompañarla.
Porque quizá educar no consista en evitar que nuestros alumnos tropiecen.
Quizá consista en que, cuando tropiecen, sepan que pueden levantarse, comprender lo ocurrido y volver a intentarlo.
Y que nosotros estaremos allí para acompañarles, pero no para caminar siempre por ellos.
→ Una invitación a mirar
Un viaje para descubrir otra forma de explorar el mundo emocional.