Cada final de curso se repite una escena en cientos de centros educativos: se “consensúa” que a tal o cual alumno se le apruebe a pesar de no haber alcanzado los objetivos. Se baja el nivel de exigencia, se relativizan las faltas de respeto y de asistencia, se justifica la apatía. Y así, se aprueba. No porque se haya aprendido, sino porque decidimos que lo contrario sería más incómodo.
A veces lo hacemos por compasión. Otras, por presión. Muchas, por puro cansancio.
Pero el resultado es el mismo: nos estamos engañando. A nosotros, a las familias, y —sobre todo— a ellos.
¿Por qué nos engañamos?
Nos engañamos porque la alternativa nos resulta más dolorosa: enfrentarnos a un conflicto con la familia, desanimar a un adolescente ya frágil, reconocer que el sistema no está funcionando o —peor aún— que tal vez hemos fallado también nosotros como educadores.
Nos engañamos porque el sistema burocrático no facilita otros caminos. Porque no hay espacio para la personalización real, ni para el tiempo que muchas trayectorias vitales requieren.
Nos engañamos porque existe un discurso peligroso que ha confundido inclusión con permisividad, cuidado con indulgencia, y acompañamiento con evitar el esfuerzo.
Y nos engañamos, también, porque a veces necesitamos creer que lo que hacemos tiene algún efecto. Que nuestras horas invertidas, nuestras estrategias, nuestra vocación… algo están logrando. Aunque sea una ficción.
¿Qué consecuencias tiene?
La consecuencia más inmediata es el autoengaño colectivo: familias que creen que su hijo/a está preparado para lo que viene, adolescentes convencidos de que pueden obtener recompensas sin esfuerzo, una sociedad que presume de escolarización universal mientras fracasa en la formación real.
Pero el daño más profundo es el que se siembra en la percepción que estos jóvenes construyen sobre sí mismos y sobre el mundo.
- Aprenden que no hay consecuencias.
- Aprenden que alguien siempre vendrá a salvarlos.
- Aprenden que el sistema puede ser manipulado.
- Aprenden que frustrarse está mal, que rendirse es aceptable, que esforzarse es opcional.
Y entonces, cuando llega la universidad, el mercado laboral o simplemente la vida adulta, se estrellan. Porque ahí fuera nadie les va a “subir la nota” por compasión. Nadie les va a aceptar una excusa por sistema. Nadie va a adaptar el ritmo a su desgana.
Lo más preocupante: no sienten que el problema sea suyo. La apatía inicial se transforma en hastío, y de ahí al fracaso escolar hay un paso breve, casi inevitable. Pero en lugar de preguntarse qué responsabilidad tienen en lo que les ocurre, culpan al sistema, a los adultos, a la sociedad entera, que —según ellos— no les entiende, no sabe motivarles, no les ofrece lo que “merecen”.
En parte, tienen razón: fueron engañados por un entorno que no supo o no quiso enseñarles a enfrentarse al mundo con herramientas reales. Se les protegió del esfuerzo, del conflicto, de la frustración… y al hacerlo, se les desprotegió frente a la vida.
Y mientras tanto… ¿qué pasa con quienes sí se esfuerzan?
En este contexto de autoengaño colectivo, no podemos olvidar a otro grupo perjudicado: los estudiantes que sí cumplen, que sí se esfuerzan, que sí hacen lo que les corresponde. Aquellos que estudian, que respetan, que preguntan, que se implican.
Cuando todos “aprueban” independientemente del mérito, el mensaje es demoledor para ellos: “Tu esfuerzo vale lo mismo que la apatía de otros.”
Este no es un daño menor. La sensación de injusticia desmoraliza, y con ello se pone en peligro una de las bases de cualquier sistema educativo sano: la percepción de equidad y sentido.
Esto afecta directamente a:
- Su motivación intrínseca (¿para qué esforzarse si todo vale?).
- Su confianza en las normas y criterios del sistema.
- Su relación con el grupo (¿por qué esforzarse si lo penaliza socialmente?).
- Su percepción de justicia social (¿realmente el mérito tiene valor en esta sociedad?).
El mensaje oculto que enviamos es: “No te compliques. No te frustres. No luches. Ya te aprobaremos igual.” Y eso es profundamente destructivo para quienes aún creen que el esfuerzo importa.
Educar es también sostener el valor del mérito, sin caer en elitismos ni en premios vacíos, sino desde el respeto a quien se esfuerza y desde la exigencia afectiva a quien aún no lo hace.
¿Qué podemos hacer?
Aquí es donde necesitamos ir más allá de la denuncia y buscar salidas. No soluciones milagrosas, pero sí caminos más honestos:
Volver a dotar de sentido a la evaluación: No es una calificación, es una herramienta de desarrollo. Aprobar sin aprender es una forma de abandono institucional. Reprobar sin acompañar también lo es. Hay que repensar cómo se mide el progreso y qué se considera «éxito educativo».
Recuperar la responsabilidad compartida: No es solo cuestión del profesorado. Las familias deben implicarse sin exigir resultados automáticos. Y la administración debe dejar de promover un discurso triunfalista mientras los centros lidian con la frustración y el conflicto a solas.
Restablecer la cultura del límite: La autoridad no es autoritarismo. La frustración no es un trauma. Poner límites es cuidar. Y enseñar que el esfuerzo tiene valor es una forma de amor. Debemos reivindicar el valor pedagógico del “no”.
Cultivar la educación emocional como base de la madurez: Aquí la educación emocional no es solo regulación emocional o empatía: es conciencia de uno mismo, responsabilidad personal, capacidad de aceptar consecuencias. Un alumno emocionalmente inteligente puede fallar y volver a intentarlo. Uno sobreprotegido, no.
¿Y si lo difícil fuera precisamente lo necesario?
Tal vez necesitamos decirlo sin ambages: aprobar sin mérito es una forma de abandono. No los estamos cuidando más, los estamos desarmando. Y lo peor es que, cuando el golpe llegue, estarán solos.
Por eso, educar también es sostener la incomodidad, enfrentar el conflicto, dar malas noticias, y acompañar en la caída. Porque es justo ahí donde se forma el carácter, la responsabilidad, la identidad.
Y porque, al final, el éxito educativo no es aprobar, es preparar para vivir.
***/*** Imparto talleres para desarrollar la INTELIGENCIA EMOCIONAL y la CREATIVIDAD. Talleres de COHESIÓN DE GRUPO Y BIENESTAR EMOCIONAL. He creado dos herramientas que utilizo para «incomodarte» en ese camino: “Mover los Sentimientos” y “Crear desde el interior”.