Una mirada inspirada en la carta Árbol, de Crear desde el interior.
Hay una lógica silenciosa en la forma en que crece un árbol.
No se precipita por dar sombra.
No tiene prisa por florecer.
No se exige dar frutos antes de tiempo.
Simplemente crece.
Las raíces se hunden cada vez un poco más en la tierra. La savia asciende por el tronco. Las ramas buscan la luz. Llegan las hojas. Más tarde aparecen las flores. Después, casi sin hacer ruido, el fruto.
Ninguna de esas cosas parece un esfuerzo.
Son una consecuencia.
Nunca he visto un árbol intentando parecer generoso. No produce frutos para demostrar su utilidad ni extiende las ramas porque alguien necesite cobijo. Todo aparece cuando encuentra las condiciones para desarrollarse.
Sabe que ninguna primavera puede adelantarse a fuerza de voluntad. Que las raíces necesitan tiempo antes de sostener una copa. Que la sombra solo aparece cuando el árbol ha crecido lo suficiente para proyectarla.
Quizá algunas de las cosas más valiosas que brotan de nosotros se parezcan al fruto de un árbol.
No aparecen porque las persigamos. Aparecen como una consecuencia de lo que hemos cultivado.
Y entonces, un día…
Alguien encuentra descanso junto a nosotros.
Una conversación ayuda más de lo que imaginábamos.
Una idea ilumina un problema.
Nuestra presencia tranquiliza sin proponérselo.
Quizá no fueron logros.
Quizá fueron consecuencias.
Una última mirada
Nunca pensamos en las raíces. Y, sin embargo, todo empieza allí.
Quizá también podrían significar…
- Crecer: respetar el tiempo que necesita aquello que quiere desarrollarse.
- Cuidar: una forma de preparar.
- Dar: una consecuencia, no un propósito.
Esta Mirada nació de la carta «Árbol», de Crear desde el interior.
Tres palabras. Un mismo lugar. Y todo el espacio necesario para que aparezca una Mirada distinta.
