Las aulas han cambiado. También lo ha hecho la sociedad que entra cada mañana por sus puertas. Quienes educan se encuentran con nuevas formas de relacionarse, con otras maneras de comunicarse y con situaciones que no siempre saben cómo abordar. A veces aparece la sensación de desgaste, de conflicto o incluso de no saber muy bien por dónde continuar.
No es difícil escuchar a docentes que sienten que la enseñanza se ha vuelto más compleja. La autoridad se discute, los límites generan conflictos, algunas familias llegan desbordadas y muchos adolescentes atraviesan situaciones que afectan inevitablemente a su manera de estar en el aula.
Y, en medio de todo eso, seguimos esperando que enseñar consista fundamentalmente en transmitir conocimientos.
Quizá necesitemos ampliar un poco la mirada.
Porque antes de ser alumnos, profesores, familias o profesionales de la educación somos personas que sentimos, interpretamos, reaccionamos y nos relacionamos. Y todo aquello que ocurre dentro de nosotros termina entrando también en el aula.
Por eso la educación emocional en las aulas no debería entenderse como un añadido a lo verdaderamente importante. Forma parte de aquello que hace posible la convivencia y, en muchas ocasiones, también el aprendizaje.
No se puede educar al margen de las relaciones.
Cuando el problema no está solo en lo que ocurre
Un adolescente que se muestra desafiante puede estar simplemente desafiando un límite. Pero también puede estar expresando algo que no sabe explicar de otra manera.
Un alumno que parece desconectado quizá esté aburrido. O preocupado. O cansado. O atravesando una situación que desconocemos.
Y un profesor que responde con irritación no deja de ser un profesional por sentirse desbordado. También está reaccionando ante una situación que le afecta.
Nada de esto significa que debamos justificar cualquier conducta. Comprender no equivale a permitirlo todo, del mismo modo que poner límites no significa dejar de mirar a la persona que tenemos delante.
Quizá una de las aportaciones más importantes de la educación emocional sea precisamente ayudarnos a introducir un pequeño espacio entre lo que ocurre y nuestra primera reacción.
Ese espacio puede permitirnos observar qué sentimos, reconocer qué está ocurriendo en la otra persona y decidir cómo queremos responder.
No siempre lo conseguiremos. Pero poder intentarlo ya cambia algo.
La educación emocional también cuida a quienes educan
Cuando hablamos de educación emocional pensamos con facilidad en el alumnado. Sin embargo, sería extraño pedir a quienes educan que acompañen las emociones de los demás sin prestar atención a las propias.
El cansancio, la frustración, la impotencia o la sensación de que nuestros esfuerzos no producen los resultados que esperábamos también forman parte de la experiencia de muchos docentes.
Y quizá necesitemos reconocerlo sin convertirlo en un nuevo motivo de exigencia.
No se trata de pedir al profesorado que sea siempre paciente, comprensivo y emocionalmente equilibrado. Esa expectativa sería, en sí misma, poco realista.
Se trata de poder reconocer qué nos ocurre cuando una situación nos supera y disponer de recursos para no quedar atrapados en la primera reacción.
A veces necesitaremos hablarlo con un compañero. Otras, revisar una situación con el equipo. En ocasiones será necesario pedir ayuda. Y también habrá momentos en los que tendremos que reconocer que no sabemos cómo resolver algo.
La educación emocional empieza también ahí: en la posibilidad de mirarnos mientras estamos educando.
La autoridad también necesita vínculo
Durante mucho tiempo hemos tendido a colocar autoridad y vínculo en lados opuestos. Como si poner límites significara necesariamente alejarnos y escuchar implicara renunciar a nuestra posición como adultos.
Pero quizá no sea así.
Un límite puede mantenerse desde la calma. Una norma puede explicarse. Una consecuencia puede sostenerse sin humillar. Y una persona puede sentirse escuchada aunque la respuesta que reciba sea un «no».
La autoridad no desaparece cuando aparece la empatía. Puede incluso hacerse más comprensible cuando la persona que la ejerce es capaz de explicar qué está protegiendo ese límite.
Esto requiere algo que no siempre resulta sencillo: autorregulación.
Porque cuando alguien nos desafía, nosotros también sentimos. Y si no somos capaces de reconocer ese movimiento interior, es fácil que terminemos respondiendo desde el enfado, el cansancio o la necesidad de imponernos.
Educar emocionalmente no significa evitar esas emociones. Significa aprender a relacionarnos con ellas.
No todo tiene que empezar preguntando «¿cómo te sientes?»
Hay algo más que conviene tener en cuenta.
No todas las personas encuentran fácil hablar directamente de sus emociones. Y esto es especialmente evidente cuando trabajamos con adolescentes. Preguntarles «¿cómo te sientes?» puede abrir una conversación maravillosa, pero también puede conseguir exactamente lo contrario.
Quizá no quieran responder. Quizá no sepan qué responder. O quizá necesiten otra puerta de entrada.
A veces una pregunta indirecta, una palabra, una historia, una imagen o una propuesta inesperada permiten acercarnos a aquello que todavía no sabemos expresar directamente.
No porque ese recurso vaya a decirnos qué le ocurre a la persona, sino porque puede crear las condiciones para que ella misma empiece a explorarlo.
Ahí es donde algunas herramientas pueden tener sentido. No como soluciones para los conflictos, sino como facilitadores de una experiencia.
Una carta puede abrir una conversación
Mover los Sentimientos nació precisamente desde esa idea de facilitar la exploración emocional.
Su recorrido no comienza preguntando directamente qué sentimos. Una carta escogida al azar pone delante una planta y una acción. Después aparece el Dossier de Pistas y Simbología, donde encontramos distintas frases y sugerencias relacionadas con esa propuesta.
La carta no sabe nada de nosotros. No conoce aquello que nos preocupa ni intenta explicarnos qué nos está ocurriendo. Y precisamente por eso puede resultar interesante.
Entre las distintas pistas puede haber una frase que nos llame especialmente la atención, que nos incomode, que nos sorprenda o que simplemente nos resuene. Esa elección personal es la que permite empezar a construir una relación entre aquello que tenemos delante y aquello que estamos viviendo.
A partir de ahí puede aparecer una conversación. Con nosotros mismos o con otras personas.
No hay una respuesta correcta que encontrar. Hay una posibilidad de detenernos y mirar una situación desde un lugar que quizá no habíamos considerado.
En un aula, ese pequeño desplazamiento puede ser valioso. No porque vaya a resolver un conflicto, sino porque puede ofrecer una forma diferente de empezar a hablar de aquello que está ocurriendo.
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La educación emocional no es una varita mágica
Quizá también debamos tener cuidado con las expectativas que ponemos sobre la educación emocional.
No va a conseguir que todos los alumnos quieran participar, que desaparezcan los conflictos o que el profesorado deje de sentirse cansado. Tampoco sustituye la organización del centro, la formación docente o la intervención especializada cuando una situación lo requiere.
No necesitamos otra promesa imposible.
Necesitamos crear espacios y encontrar herramientas que nos permitan detenernos, observar lo que está ocurriendo y ensayar otras formas de relacionarnos.
A veces una experiencia será breve. Otras veces abrirá una conversación que continuará mucho después. Y en algunas ocasiones quizá no ocurra nada especialmente visible. También eso forma parte del proceso.
El objetivo no es provocar una determinada reacción, sino ofrecer unas condiciones en las que cada persona pueda explorar aquello que necesita explorar, respetando su propio ritmo y su manera de participar.
Cuando la educación emocional se convierte en experiencia
Una cosa es hablar de educación emocional y otra crear un espacio donde las personas puedan vivirla.
A lo largo de los años hemos llevado nuestras herramientas a contextos educativos y a grupos muy diferentes. Cada experiencia ha sido distinta, porque también lo son las personas, las relaciones que existen dentro de cada grupo y aquello que está ocurriendo en cada momento.
En un taller no se trata simplemente de realizar una actividad y llegar a un resultado. La propuesta se adapta al grupo y el facilitador acompaña el proceso sin interpretar lo que cada participante debería descubrir. La experiencia pertenece a quien la vive.
A veces una carta abre una conversación que nadie esperaba. Otras veces una frase queda resonando en alguien y no necesita convertirse inmediatamente en palabras. También puede ocurrir que escuchar cómo otra persona ha interpretado una misma propuesta nos permita descubrir una posibilidad que no habíamos contemplado. El grupo, en ese sentido, no es únicamente el lugar donde sucede la actividad: forma parte de la experiencia.
Y quizá ahí esté una de las diferencias entre utilizar una herramienta y participar en un proceso de acompañamiento. Las cartas, las propuestas o las dinámicas son importantes, pero no constituyen el centro. Lo que importa es aquello que cada persona puede llegar a construir a partir de la experiencia.
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Rehumanizar no significa hacerlo todo más fácil
Quizá por eso me gusta pensar en la educación emocional no como una solución, sino como una forma de volver a mirar aquello que ocurre en el aula: al alumno que interrumpe, para intentar comprender qué estamos viendo realmente; nuestra propia reacción antes de responder; un conflicto que no queremos reducir inmediatamente a quién tiene razón y quién está equivocado; o un límite que podemos entender también como una forma de cuidado.
Y significa mirar igualmente a quienes educan, reconociendo que necesitan espacios para sostener todo aquello que reciben cada día.
No se trata de hacer desaparecer la dificultad, sino de aprender a estar en ella de otra manera. Quizá ahí esté una de las aportaciones más valiosas de la educación emocional: no conseguir que el aula deje de ser un lugar donde ocurren cosas, sino ayudarnos a disponer de más recursos para comprenderlas y atravesarlas.
Porque educar no consiste únicamente en conseguir que alguien aprenda algo. También consiste en acompañarle mientras descubre quién es, cómo se relaciona con los demás y qué hace con aquello que le ocurre.
Y quizá, en un momento en que tantas personas sienten que no saben muy bien cómo seguir educando, recuperar esa dimensión humana no sea un salvavidas que nos saque del agua. Quizá sea, sencillamente, aprender a nadar juntos.
→ Una invitación a mirar
Un viaje para descubrir otra forma de explorar el mundo emocional.