Muy pocas veces fijamos la experiencia de los pequeños o grandes pasos que fuimos siguiendo. En consecuencia, no siempre obtenemos la satisfacción del camino andado.
Por un lado tenemos problemas que nos obsesionan y, por otro, resolvemos problemas acuciantes y conseguimos logros. Dos caras de la moneda que todos reconocemos en la vida cotidiana.
Algunos días los problemas y los logros se alternan y nos sentimos complacidos; otros, las contrariedades nos abruman.
Cuando conseguimos nuestros ansiados logros o resolvemos un problema, no siempre nos gratificamos, ni lo celebramos adecuadamente, ni nos acordamos de que hemos sido nosotros los artífices de aquello que hemos conseguido.
Muy pocas veces fijamos la experiencia de los pequeños o grandes pasos que fuimos siguiendo. En consecuencia, no obtenemos la satisfacción del camino andado. Detalles importantes, como transitar la desesperación y salir airosos, quedan olvidados o no suficientemente recordados. El aprendizaje del esfuerzo realizado en la aflicción queda, algunas veces, sin ser escrito en nuestra memoria.
Nuestra memoria no siempre juega a nuestro favor.
El cerebro humano reacciona con especial rapidez ante los estímulos negativos y las experiencias dolorosas pueden permanecer con mayor intensidad. Nuestra memoria puede ser injusta con todo aquello que nos hace bien.
Por eso, fijar las experiencias positivas puede convertirse en un recurso para afrontar las dificultades futuras.
Nuestro cerebro está acostumbrado a detectar amenazas, pero también debemos entrenarlo para sacar provecho de las buenas experiencias, porque las situaciones positivas por las que atravesamos también contribuyen a nuestro crecimiento interno.
Años de evolución nos han preparado para lo peor y para sobrevivir, pero sobrevivir no es vivir.
Hemos de aprender a tomar en consideración, apreciar y alegrarnos por esos momentos de alegría —algunos sutiles, otros grandes— que esbozan una sonrisa en nuestro día a día, facilitando que se fijen en nuestra memoria.
No se trata de obligarnos a ver siempre el lado bueno de las cosas ni de convertir nuestra vida en una sucesión de pensamientos positivos. Se trata de reconocer aquello que ha funcionado, aquello que hemos aprendido y aquello que hemos sido capaces de hacer.
No es necesario llevarnos siempre al terreno del perfeccionismo absoluto. No existe tal límite. En relación con otras personas tenemos ventajas y satisfacciones diferentes. Podemos apreciar y querer las de los demás, pero seguro que hay parte de nuestro proceder que los otros también admiran.
Es el reconocimiento de nuestros logros lo que debemos aprender a celebrar.
Recomponer lo que somos es una fortaleza que podemos ejercitar. Nuestra vida, corta o larga, la podemos vivir con satisfacción. La plenitud vital, que tanto nos alegra, está hecha también de los proyectos ilusionantes en los que nos involucramos y de los pasos que vamos dando para alcanzarlos.
Podemos hacer nuestro propio recetario a partir del conocimiento y la reflexión sobre los acontecimientos pasados. Ese camino es un gran aprendizaje.
«Experiencia no es lo que le sucede al hombre sino lo que el hombre hace con lo que le sucede.»
— Aldous Huxley
Aprender a mirar también lo que sí hemos conseguido
A veces estamos tan pendientes de aquello que todavía nos falta que no vemos lo que ya hemos recorrido.
Podemos entrenar nuestro posicionamiento ante los acontecimientos que nos afectan y gestionarlos en búsqueda de una mejora continua.
- Dirigir nuestra mirada hacia lo positivo.
- Crear motivación con nuestras actitudes en nuestras circunstancias.
- Reconocer nuestras fortalezas.
- Vivir el presente reconociendo cómo nos encontramos en cada momento.
También podemos detenernos un instante al final del día y preguntarnos:
¿Qué ha ocurrido hoy que merece ser recordado?
Puede ser algo aparentemente pequeño: una conversación, una dificultad que hemos sabido resolver, una decisión que nos ha costado tomar, un momento de calma, algo que hemos aprendido, una persona a la que hemos ayudado o simplemente haber sido capaces de hacer aquello que ese día nos parecía difícil.
Fijar esas experiencias no significa conservarlas como fotografías inmóviles. Significa reconocerlas como parte de nuestra propia historia y de nuestros recursos.
Porque cuando llega una nueva dificultad, también necesitamos recordar que ya hemos atravesado otras.
Mover los Sentimientos como una forma de detenernos
Mover los Sentimientos puede incorporarse a este ejercicio de observación. No para decirnos qué debemos sentir, sino para proponernos una mirada diferente sobre aquello que estamos viviendo.
Una carta puede convertirse en una pequeña interrupción en nuestra manera habitual de mirar: una palabra, una acción, una sugerencia que nos invita a detenernos y relacionar lo que aparece con nuestra propia experiencia.
A veces necesitamos precisamente eso: parar, mirar lo que ha sucedido y descubrir algo que nuestra primera mirada había pasado por alto.
→ Descubre Mover los Sentimientos
Y quizá esa sea una de las formas más sencillas de cuidar nuestro propio camino: no olvidar únicamente aquello que nos dolió, sino aprender también a reconocer aquello que nos hizo avanzar.
→ Sigue explorando otras formas de mirar la experiencia emocional en «Una invitación a mirar»