Antes de comprender necesitamos aprender a mirar
Una invitación a mirar: Capítulo 7
Antes de comprender necesitamos aprender a mirar
Hay algo que siempre me ha llamado la atención.
Cuando mostramos una imagen a un grupo de personas, casi todos sentimos la necesidad de explicar inmediatamente qué estamos viendo. Buscamos un significado, una historia o una interpretación antes incluso de haber dedicado unos segundos a observar con calma aquello que tenemos delante.
Es una reacción muy humana.
Nos tranquiliza comprender deprisa. Nos da la sensación de que, si conseguimos poner un nombre a las cosas, de algún modo las dominamos. Sin embargo, esa rapidez tiene un precio: muchas veces dejamos de ver antes de haber empezado realmente a mirar.
Quizá por eso, al comenzar algunos talleres, propongo un ejercicio muy sencillo. No consiste en interpretar ninguna imagen ni en descubrir qué «quiere decir». Solo pido que la observen. Que permanezcan unos instantes en silencio y permitan que la mirada haga su trabajo antes de que aparezcan las palabras.
Al principio no resulta fácil.
Estamos poco acostumbrados a detenernos. Vivimos rodeados de estímulos que reclaman una respuesta inmediata y hemos aprendido a reaccionar antes que a observar. Sin embargo, cuando conseguimos permanecer un poco más de tiempo frente a una imagen, empiezan a aparecer detalles que antes habían pasado desapercibidos. Y, con ellos, también aparecen preguntas nuevas.
Con el tiempo comprendí que ese aprendizaje va mucho más allá de una fotografía o de una carta.
También ocurre con las personas.
Con demasiada frecuencia creemos conocer a alguien después de unas pocas conversaciones. Lo etiquetamos casi sin darnos cuenta y dejamos de observarlo. Algo parecido hacemos con nosotros mismos. Nos contamos quiénes somos, cómo reaccionamos o qué sentimos, y acabamos confundiendo ese relato con la realidad.
Sin embargo, igual que una imagen nunca termina de decirnos todo en un primer vistazo, las personas tampoco podemos reducirnos a una única explicación.
Mirar requiere tiempo.
Y también una cierta disposición a dejarnos sorprender.
Ésa ha sido una de las lecciones más valiosas que he aprendido. Cuando dejamos de buscar una respuesta inmediata y nos concedemos el permiso de observar con curiosidad, aparecen matices que antes permanecían ocultos. No porque hayan surgido de repente, sino porque nuestra prisa nos impedía reconocerlos.
Creo que esa forma de mirar tiene mucho que ver con la educación emocional.
No porque nos enseñe qué deberíamos sentir, sino porque nos ayuda a contemplar nuestras emociones con menos juicio y más curiosidad.
Y esa pequeña diferencia cambia muchas cosas.
A veces pensamos que comprender consiste en llegar cuanto antes a una conclusión.
Hoy creo que comprender empieza mucho antes.
Empieza cuando nos concedemos el tiempo de mirar.
Y fue precisamente esa manera de observar la que me llevó, casi sin darme cuenta, a descubrir que la creatividad tenía muy poco que ver con hacer cosas bonitas.
Detenerse también forma parte del camino.
El capítulo termina aquí. La mirada, no.
— Carmen Sanjuán —