Lo que realmente abrimos son conversaciones

Una invitación a mirar: Capítulo 6

Lo que realmente abrimos son conversaciones

Pensaba que lo más valioso de un taller ocurría cuando una persona encontraba una idea importante sobre sí misma. Pero observé que esos descubrimientos casi nunca aparecían en soledad.

Aparecían en una conversación.

No me refiero únicamente al intercambio de palabras entre dos personas. Hablo de ese espacio en el que alguien se siente escuchado sin necesidad de defenderse, justificar lo que siente o responder aquello que otros esperan de él.

He visto cómo una conversación cambiaba de dirección simplemente porque alguien se atrevía a decir en voz alta algo que llevaba mucho tiempo guardando para sí.

No era una gran confesión.

A veces bastaba una frase pronunciada casi con timidez para que otra persona respondiera:

– «A mí también me pasa».

Y, de pronto, dejaban de sentirse solas.

Ese instante sigue emocionándome.

No porque resuelva nada de manera inmediata, sino porque rompe una sensación muy frecuente: la de creer que aquello que sentimos solo nos ocurre a nosotros.

Las imágenes ayudan a iniciar ese camino, pero nunca lo recorren por nosotros.

La carta permanece sobre la mesa.

Quienes empiezan a moverse son las personas.

Poco a poco dejan de hablar de un árbol, de una ventana o de un puente y comienzan a hablar de aquello que esos símbolos han despertado en ellas. Sin apenas darse cuenta, la conversación cambia de escenario.

Ya no gira alrededor de una imagen.

Gira alrededor de una experiencia.

Con los años también he aprendido que mi papel no consiste en conducir esa conversación hacia un lugar concreto. Si lo hiciera, estaría sustituyendo el camino de la otra persona por el mío.

Prefiero escuchar.

Hacer una pregunta cuando es necesaria.

Aceptar también los silencios.

Hay silencios que contienen una conversación entera, aunque todavía no hayan encontrado las palabras para expresarse.

Al comenzar un taller suelo decir algo que, al principio, desconcierta un poco.

«Aquí no vamos a aprender a sentir emociones. Del amor, del miedo, de la alegría o de la tristeza todos sabemos. Llevamos toda la vida sintiéndolas.

Lo que vamos a hacer es otra cosa. Vamos a dar la vuelta a esas emociones. Vamos a observar cómo una misma situación puede despertar vivencias muy diferentes en personas distintas y cómo, cuando cambiamos la perspectiva desde la que las miramos, también cambia la manera de comprenderlas.»

He comprobado que esa idea resulta mucho más liberadora que intentar clasificar las emociones o buscar una forma correcta de vivirlas.

No se trata de aprender un lenguaje nuevo.

Se trata de descubrir que una misma realidad admite más de una mirada y que, precisamente por eso, también admite nuevas posibilidades.

Ésa es, para mí, la diferencia esencial.

No buscamos respuestas correctas. Buscamos conversaciones honestas.

Y quizá por eso nunca he pensado que el verdadero valor de un taller se encuentre únicamente en lo que sucede mientras dura.

Lo más importante suele ocurrir después.

Cuando alguien vuelve a casa y descubre que sigue mirando aquella conversación desde otro lugar.

Cuando una imagen aparece días más tarde y despierta una reflexión que durante el taller todavía no había encontrado su momento.

Es entonces cuando comprendo que la conversación no terminó al recoger las cartas.

Simplemente cambió de lugar.

Y fue esa intuición la que empezó a llevarme hacia otra pregunta.

¿Por qué nos resulta tan difícil aprender a mirar antes de intentar comprender?

Detenerse también forma parte del camino.

El capítulo termina aquí. La mirada, no.

— Carmen Sanjuán —

Mover los Sentimientos
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