Los juegos nos acercan a ámbitos de nuestros aprendizajes que a veces nos resultan difíciles de asimilar. Por eso existen juegos para ejercitar las matemáticas, para aprender idiomas o para agilizar el lenguaje.
¿Podría ocurrir algo parecido con nuestras emociones?
Cuando creamos Mover los Sentimientos, una de las preguntas que más me hizo pensar fue precisamente esta: “¿Estamos preparados para abrirnos emocionalmente de esta forma?”
La pregunta venía acompañada de una reflexión que me parece muy interesante: habitualmente no destapamos nuestras emociones delante de cualquiera. Elegimos con quién hacerlo. Hay personas con las que podemos hablar de lo que nos pasa y otras ante las que nos cerramos inmediatamente.
Y quizá tenga sentido que sea así.
No todas las personas necesitamos expresarnos de la misma manera, ni todos los momentos son adecuados para hacerlo. Tampoco todas las experiencias son para todos.
Pero entonces aparece otra pregunta:
¿Qué ocurre cuando queremos hablar de lo que sentimos y no encontramos la manera de hacerlo?
Cuando hablar directamente resulta demasiado difícil
En ocasiones resulta difícil abordar un conflicto con alguien.
Podemos tener muchas ganas de resolverlo y, sin embargo, hay algo que nos atenaza: la vergüenza, el miedo al rechazo, la rabia, el orgullo o simplemente la dificultad para encontrar las palabras.
Queremos hablar, pero no sabemos cómo empezar.
Y cuando la relación es cercana, puede resultar todavía más complicado. Conocemos tanto a la otra persona que creemos saber de antemano lo que va a decir. Anticipamos sus respuestas, sus argumentos, sus reproches.
Entonces aparece una frase aparentemente sencilla:
“Tenemos que hablar.”
Y, dependiendo del tono, puede convertirse inmediatamente en una amenaza.
“Tenemos que hablar” puede significar: voy a explicarte todo lo que has hecho mal, vas a escuchar lo que pienso, tenemos un problema que resolver.
La otra persona se prepara para defenderse antes incluso de que hayamos empezado.
¿Y si pudiéramos comenzar de otra manera?
A veces necesitamos tomar distancia para poder acercarnos
Una de las posibilidades que propone Mover los Sentimientos es precisamente introducir una cierta distancia.
No para alejarnos del problema, sino para poder mirarlo desde otro lugar.
Cuando una carta aparece al azar, no nos da una solución ni nos dice quién tiene razón. Nos presenta una planta y una acción. Después acudimos al Dossier de Pistas y Simbología, donde encontramos diferentes frases y sugerencias que no conocen nuestra situación. Precisamente por eso pueden ayudarnos a introducir otra posibilidad en nuestra manera habitual de mirar aquello que nos preocupa.
Y ese pequeño desplazamiento puede cambiar las cosas.
No es lo mismo decir:
«Tenemos que hablar de lo que ha pasado.»
que proponer:
«Vamos a ver qué nos sugieren las cartas.»
De repente, las dos personas pueden situarse ante algo que está fuera de ambas. Ya no se trata únicamente de tú contra mí, de lo que tú hiciste frente a lo que yo hice.
Hay un tercer elemento que permite comenzar a mirar.
La carta no resuelve el conflicto. Tampoco pretende hacerlo.
Abre una puerta.
Y quizá eso sea suficiente para poder empezar.
Abrirnos emocionalmente también puede ser aprender a escucharnos
A veces pensamos que abrirnos emocionalmente significa contarle a otra persona aquello que sentimos.
Pero no siempre empieza ahí.
En ocasiones el primer paso consiste en poder reconocerlo nosotros mismos.
¿Qué me está pasando?
¿Qué emoción hay detrás de mi reacción?
¿Por qué esta situación me afecta tanto?
¿Qué estoy interpretando?
¿Qué necesito?
¿Qué parte de lo que siento pertenece realmente a este momento y qué parte viene de antes?
Cuando no tenemos respuesta para estas preguntas, resulta difícil explicarnos ante los demás.
Por eso podemos empezar jugando solos.
Podemos plantear una pregunta concreta sobre algo que nos preocupa, extraer una carta al azar y observar qué nos provoca la propuesta que aparece.
No buscamos una respuesta correcta.
Buscamos una nueva mirada.
Y en ese proceso puede aparecer algo que no habíamos visto.
Compartir nuestros sentimientos
Cuando damos un paso más y compartimos la experiencia con otras personas, ocurre algo diferente.
Hablar de nuestros sentimientos puede acercarnos.
Nos permite descubrir que aquello que creíamos exclusivamente nuestro también forma parte de la experiencia de otros. Podemos escuchar cómo otra persona interpreta una misma situación, qué le despierta una determinada palabra o qué relación encuentra entre una carta y aquello que está viviendo.
No significa que tengamos que estar de acuerdo.
Al contrario.
Podemos descubrir que dos personas pueden mirar la misma realidad de maneras completamente diferentes.
Y esa diferencia también puede ser una oportunidad de aprendizaje.
Compartir nuestros sentimientos puede ayudarnos especialmente en circunstancias desfavorables, en los cambios vitales o en aquellos momentos en los que sentimos que algo se mueve dentro de nosotros y todavía no sabemos muy bien cómo nombrarlo.
No es fácil hablar de lo que sentimos
No deberíamos olvidar que abrirnos emocionalmente puede resultar incómodo.
Hay personas que hablan con facilidad de sus sentimientos y otras que necesitan mucho más tiempo.
Hay quienes expresan lo que les ocurre hablando, quienes lo hacen escribiendo, quienes necesitan crear, dibujar, caminar o simplemente permanecer un rato en silencio.
No hay una única manera.
Lo importante es encontrar espacios en los que podamos explorar lo que sentimos sin sentirnos obligados a encontrar inmediatamente una respuesta.
Porque cuanto más difícil nos resulta reconocer y expresar una emoción, mayor puede ser también el aprendizaje que encontramos cuando finalmente conseguimos acercarnos a ella.
No se trata de exponernos.
Se trata de poder elegir.
Elegir cuándo hablar, con quién, cómo y hasta dónde.
El juego como espacio de exploración
Quizá por eso el juego puede convertirse en un buen mediador.
Cuando jugamos, no tenemos que empezar diciendo:
“Voy a contarte algo que me preocupa.”
Podemos empezar de otra manera.
Una carta aparece.
Una palabra nos sorprende.
Una acción nos incomoda.
Una imagen nos recuerda algo.
Y, poco a poco, podemos comenzar a hablar.
Mover los Sentimientos utiliza precisamente ese espacio entre aquello que estamos viviendo y nuestra manera habitual de mirarlo. Una carta elegida al azar nos presenta una planta y una acción. Después, las Pistas y Simbología nos ofrecen diferentes frases, y somos nosotros quienes decidimos cuál nos resuena, qué relación encontramos con aquello que estamos viviendo o incluso si no encontramos ninguna.
La herramienta no interpreta nuestra situación. No nos dice qué debemos hacer. Introduce algo inesperado para que podamos explorar otras posibilidades.
No ofrecen respuestas cerradas.
Proponen una acción desde la que mirar.
Podemos utilizar la herramienta individualmente, para encontrarnos con nuestros propios sentimientos, o compartirla con otras personas para abrir conversaciones que quizá de otra manera no encontrarían el momento de comenzar.
Abrirnos emocionalmente no significa contarlo todo
Quizá aquella pregunta inicial siga siendo válida:
¿Estamos preparados para abrirnos emocionalmente?
Yo diría que no siempre.
Y tampoco creo que tengamos que estarlo siempre.
Abrirnos emocionalmente no significa contarlo todo, ni hacerlo delante de cualquiera, ni convertir cada conversación en una exploración profunda de nuestro mundo interior.
Significa poder acercarnos un poco más a aquello que sentimos.
Ponerle palabras cuando sea posible.
Escucharlo.
Y, cuando queramos, compartirlo con alguien.
A veces necesitaremos hablar.
Otras veces escribir.
Otras, jugar.
Otras, simplemente mirar.
Lo importante es encontrar una vía que nos permita no quedarnos atrapados dentro de aquello que todavía no sabemos expresar.
Quizá abrirnos emocionalmente no sea tanto perder una protección como aprender a elegir cuándo podemos permitirnos bajar un poco la guardia.
Y tú, ¿estás preparado/a para abrirte emocionalmente contigo mismo/a?