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Vivimos rodeados de algoritmos. Deciden qué aparece en nuestra pantalla, qué canción escuchamos a continuación, qué noticia se parece a la que acabamos de leer o qué contenido podría interesarnos unos segundos más.

No hace falta que pensemos demasiado en ello. Deslizamos el dedo y aparece algo nuevo. Elegimos y enseguida tenemos otra posibilidad. Miramos, reaccionamos, pasamos a lo siguiente.

Y quizá precisamente por eso resulte interesante detenernos en algo que ningún algoritmo puede hacer por nosotros: descubrir qué nos está pasando mientras todo lo demás continúa avanzando.

Porque las emociones no funcionan como una pantalla.

No podemos deslizar una tristeza para que desaparezca, ni pulsar «me gusta» sobre aquello que sentimos para entenderlo mejor. Tampoco podemos saber siempre por qué algo nos afecta, por qué una determinada imagen nos incomoda o por qué una conversación aparentemente sencilla continúa resonando en nosotros horas después.

Y para un adolescente, que está construyendo todavía muchas de las referencias desde las que se mira a sí mismo y a los demás, ese entorno de estímulos constantes puede resultar especialmente complejo.

Aprender a detenerse

La adolescencia es un momento de descubrimiento. Cambia el cuerpo, cambian las relaciones, cambia la manera de entenderse y de situarse ante los demás. Aparecen preguntas que no siempre tienen una respuesta inmediata: quién soy, qué quiero, dónde encajo, qué esperan de mí, qué quiero esperar yo de los demás.

Al mismo tiempo, vivimos en un entorno que parece pedirnos justamente lo contrario de lo que necesitan algunas de esas preguntas.

Respuesta rápida.

Opinión inmediata.

Comparación.

Exposición.

Elección constante.

Quizá por eso la educación emocional tenga hoy una tarea que va más allá de aprender a identificar o nombrar emociones. También puede consistir en recuperar espacios donde podamos detenernos lo suficiente como para descubrir qué pensamos, qué sentimos y qué significado tiene para nosotros aquello que estamos viviendo.

Educar emocionalmente hoy significa también aprender a parar en medio del scroll infinito.

No para rechazar la tecnología ni para imaginar que existe un mundo anterior al que podamos regresar. Los adolescentes viven en este mundo y necesitan aprender a habitarlo.

La cuestión quizá sea otra: ¿podemos utilizar la tecnología sin dejar que sea siempre ella quien marque el ritmo de nuestra atención?

Cuando todo parece pedir una respuesta

Hay algo curioso en nuestra relación con las pantallas. Muchas de ellas están diseñadas para que no tengamos que detenernos demasiado.

Un contenido lleva a otro.

Una conversación continúa mientras hacemos otra cosa.

Una imagen aparece antes de que hayamos terminado de mirar la anterior.

Y quizá esto no sea un problema en sí mismo. El problema aparece cuando nos acostumbramos tanto a reaccionar que dejamos de encontrar momentos para observar.

Porque observar requiere otra disposición.

Implica permanecer un poco más.

Preguntarnos por qué algo nos ha llamado la atención.

Reconocer que una misma situación puede provocarnos cosas diferentes según el momento en que la vivimos.

Aceptar que quizá todavía no sabemos qué nos ocurre.

En educación emocional hay una diferencia importante entre recibir una explicación sobre lo que sentimos y tener la oportunidad de explorarlo por nosotros mismos. Nuestra experiencia nos ha mostrado que lo segundo puede abrir caminos que una explicación difícilmente puede anticipar.

No todo lo que sentimos necesita una respuesta inmediata

A veces queremos resolver demasiado deprisa aquello que nos preocupa.

Si estamos enfadados, queremos saber qué hacer con el enfado.

Si tenemos miedo, queremos dejar de sentirlo.

Si estamos tristes, buscamos una explicación.

Si no sabemos qué queremos, esperamos que alguien nos ayude a decidir.

Pero quizá algunas experiencias necesiten primero un poco de espacio.

No siempre sabemos lo que pensamos hasta que conseguimos ponerlo en palabras. Y tampoco siempre sabemos qué sentimos hasta que algo nos ayuda a detenernos delante de aquello que nos está ocurriendo.

Una pregunta puede hacerlo.

Una conversación.

Una imagen.

Una palabra inesperada.

Incluso algo que, en principio, no tenga ninguna relación aparente con aquello que estamos viviendo.

Y aquí aparece una cuestión que me parece especialmente interesante en un mundo cada vez más acostumbrado a recibir contenidos seleccionados para nosotros: ¿qué ocurre cuando dejamos entrar algo que no habíamos elegido?

El valor de encontrarse con algo inesperado

Los algoritmos intentan anticipar nuestros intereses. Aprenden de lo que miramos, de lo que escuchamos, de aquello sobre lo que nos detenemos.

Hay una lógica detrás de cada nueva propuesta.

Por eso me resulta especialmente sugerente el papel que puede tener el azar en una experiencia emocional.

En Mover los Sentimientos, por ejemplo, una carta se escoge al azar. No sabemos qué planta aparecerá ni qué acción la acompañará.

Y esto no es un detalle anecdótico.

El azar forma parte del diseño de la herramienta porque introduce algo que no habíamos previsto y puede romper, durante un momento, nuestro recorrido habitual de pensamiento.

Imaginemos que hay algo que nos preocupa.

Podemos formular una pregunta sobre aquello que estamos viviendo y extraer una carta.

Quizá aparezca una planta que no nos dice absolutamente nada.

Y una acción.

Mover.

La primera reacción podría ser:

¿Qué tiene que ver esto con lo que me está pasando?

Precisamente ahí comienza otra posibilidad.

La acción no pretende decirnos qué hacer. La planta tampoco representa una emoción concreta. La carta no conoce nuestra historia ni sabe qué problema tenemos delante.

Después acudimos al Dossier de Pistas y Simbología, donde encontramos distintas frases y sugerencias relacionadas con la planta y la acción. No están escritas para interpretar nuestra situación ni para darnos una respuesta. Están ahí para acompañar el pensamiento y permitir que alguna de ellas encuentre una relación con nuestra propia experiencia.

Quizá una frase nos resulte indiferente.

Otra nos sorprenda.

Y otra, de pronto, nos haga detenernos.

«Esto tiene algo que ver conmigo.»

No porque la frase haya sido escrita pensando en nosotros, sino precisamente porque nosotros hemos encontrado una relación con ella.

Ese pequeño desplazamiento puede ser importante.

Frente a una respuesta que confirma lo que ya pensábamos, aparece algo que no esperábamos. Frente a un recorrido conocido, una posibilidad diferente.

No sabemos de antemano hacia dónde nos llevará.

Y quizá esa sea precisamente la razón para probarlo.

Una pausa que no necesita decirnos qué pensar

La educación emocional no consiste en enseñar a los adolescentes qué deberían sentir.

Tampoco en conseguir que hablen de todo aquello que les ocurre.

Cada persona tiene su propio ritmo y decide hasta dónde quiere compartir. El propósito no es provocar emociones intensas, sino crear un espacio en el que sea posible explorar la propia experiencia con libertad y respeto.

Por eso una herramienta puede ser útil cuando no pretende ocupar el lugar de la persona.

Una carta puede abrir una conversación, pero no mantenerla por nosotros.

Una frase puede despertar una pregunta, pero no responderla.

Una acción puede sugerir un movimiento, pero no decidir hacia dónde queremos ir.

El significado aparece en otro lugar: en la relación que cada persona establece entre aquello que recibe y aquello que está viviendo.

Y quizá esto sea especialmente valioso en una época en la que estamos tan acostumbrados a que alguien nos diga qué debemos mirar a continuación.

También necesitamos aprender a escucharnos

Quizá el reto no sea proteger a los adolescentes de todos los estímulos que les rodean.

Eso sería imposible.

Quizá necesitemos ayudarles a desarrollar otra capacidad: la de volver hacia sí mismos después de haber estado mirando hacia fuera.

Saber detenerse.

Reconocer que algo les ha afectado.

Preguntarse por qué.

Poner palabras cuando las encuentren.

Escuchar otras miradas sin tener que hacerlas propias.

Y aceptar que no siempre hay una respuesta inmediata.

Eso también es educación emocional.

Y no es algo que necesitemos únicamente durante la adolescencia.

Todos vivimos rodeados de estímulos, opiniones y respuestas preparadas. Todos podemos caer en la tentación de pasar rápidamente de una cosa a otra sin detenernos demasiado ante aquello que nos ocurre.

Quizá por eso aprender a mirar hacia dentro no significa desconectarnos del mundo.

Significa volver a él con una mirada un poco más nuestra.

Una herramienta para abrir una posibilidad

Mover los Sentimientos no nació para competir con las pantallas ni para ofrecer una respuesta a los problemas que plantea el mundo digital.

Nació de otra preocupación mucho más sencilla: cómo crear espacios en los que una persona pueda explorar aquello que siente desde su propia experiencia.

La herramienta utiliza símbolos inspirados en la naturaleza, acciones y un conjunto de Pistas y Simbología que acompañan el pensamiento sin cerrarlo. El azar introduce una propuesta inesperada y deja después espacio para que cada persona establezca sus propias relaciones.

Puede utilizarse individualmente o formar parte de experiencias acompañadas. En un taller, además, aquello que una persona descubre puede convertirse en una oportunidad para escuchar otras miradas y comprobar que una misma propuesta puede adquirir significados muy diferentes según quién la recibe. La experiencia compartida es una parte esencial de ese recorrido.

No se trata, por tanto, de encontrar la interpretación de una carta.

Se trata de descubrir qué ocurre cuando algo inesperado nos obliga, durante un momento, a mirar desde otro lugar.

→ Descubre Mover los Sentimientos

Quizá necesitamos recuperar el tiempo de mirar

Vivimos en un mundo extraordinariamente bueno anticipando lo que probablemente querremos ver después.

Quizá por eso resulte cada vez más valioso encontrarnos, de vez en cuando, con algo que no esperábamos.

Una pregunta para la que todavía no tenemos respuesta.

Una conversación que nos obliga a escuchar.

Una palabra que se queda con nosotros más tiempo del previsto.

Una carta que aparece al azar.

No sabemos qué hará cada una de esas cosas.

Y tampoco necesitamos saberlo.

A veces basta con permitir que algo interrumpa durante un instante el recorrido que ya llevábamos.

Quizá educar emocionalmente en tiempos de algoritmos tenga que ver también con eso: ayudar a conservar la capacidad de detenernos antes de responder, de escucharnos antes de compararnos y de descubrir qué pensamos antes de que alguien nos sugiera qué deberíamos pensar.

Porque quizá una de las formas más sencillas de cuidar nuestra vida emocional sea recuperar algo que parece muy pequeño y que, sin embargo, necesitamos cada vez más:

un poco de tiempo para mirar.

Mover los Sentimientos
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