En medicina existe un fenómeno conocido como efecto placebo: en determinadas circunstancias, las expectativas de una persona pueden influir en la experiencia que tiene ante un tratamiento. Su reverso, el efecto nocebo, nos recuerda que las expectativas negativas también pueden tener consecuencias.
Puede parecer que esto pertenece únicamente al ámbito de la salud. Pero la idea de que aquello que esperamos puede influir en nuestra experiencia aparece también en otros ámbitos de la vida.
Y la educación es uno de ellos.
Porque educar no consiste solamente en transmitir conocimientos. También construimos, muchas veces sin darnos cuenta, un conjunto de expectativas sobre las personas que tenemos delante.
Esperamos que alguien sea capaz.
Que otro no lo conseguirá.
Que aquel alumno siempre dará problemas.
Que esta niña es muy responsable.
Que este grupo no se esfuerza.
Y esas expectativas no siempre se quedan dentro de nuestra cabeza. Se filtran en nuestras palabras, en nuestras preguntas, en el tiempo que dedicamos a alguien, en la manera en que reaccionamos ante un error o incluso en aquello que dejamos de esperar.
Quizá por eso merece la pena preguntarnos qué estamos transmitiendo cuando esperamos algo de alguien.
Cuando alguien cree que puedes
Imaginemos a un alumno que lleva tiempo desconectado de una asignatura.
No entrega los trabajos.
Participa poco.
Cuando se equivoca, abandona rápidamente.
Quizá nosotros ya tenemos una explicación preparada: «No se esfuerza».
Pero un día un profesor se acerca y le dice: «Sé que esto te está costando. Pero también sé que puedes avanzar. Vamos a buscar otra manera».
No sabemos qué ocurrirá después.
Puede que aquel alumno no cambie inmediatamente. Puede que continúe teniendo dificultades. Puede incluso que responda con indiferencia.
Pero algo sí ha cambiado: alguien ha introducido una posibilidad diferente en la relación.
Ya no solamente está recibiendo el mensaje de que tiene dificultades. También está recibiendo el mensaje de que esas dificultades no definen todo lo que puede llegar a hacer.
Las investigaciones sobre las expectativas docentes han encontrado que aquello que los profesores esperan de sus alumnos puede relacionarse con su evolución académica. Los llamados efectos Pigmalión existen, aunque los resultados de la investigación muestran que no son mágicos ni uniformes y que sus efectos pueden ser pequeños o moderados.
Y quizá lo interesante no sea tanto ponerle un nombre al fenómeno como detenernos en algo mucho más cotidiano: nuestras expectativas pueden modificar la manera en que acompañamos a una persona.
Cuando esperamos que alguien pueda avanzar, quizá le ofrecemos más oportunidades para hacerlo.
Le hacemos preguntas más complejas.
Le damos otra oportunidad después de un error.
Escuchamos un poco más.
Buscamos otra manera de explicarlo.
Y la persona puede percibir esa confianza.
No porque una expectativa positiva tenga poderes especiales, sino porque las relaciones están hechas también de señales que recibimos continuamente de los demás.
El lado invisible de las expectativas
Pero las expectativas también pueden funcionar en la dirección contraria.
«Este niño es despistado».
«Las matemáticas no son lo suyo».
«Con este grupo no se puede hacer nada».
«Siempre acaba igual».
«Es que no tiene interés».
Algunas de estas frases pueden nacer de experiencias reales. Los docentes observan, conocen y evalúan. No se trata de pedirles que ignoren lo que ven ni de sustituir el criterio profesional por un optimismo ingenuo.
El problema aparece cuando una observación se convierte en una etiqueta.
Porque una etiqueta deja poco espacio para el cambio.
Si pensamos que alguien «es» de una determinada manera, podemos dejar de preguntarnos qué necesita para actuar de otra forma.
Y quizá también podemos empezar a tratarle de acuerdo con aquello que esperamos de él.
Ahí es donde las expectativas se vuelven especialmente interesantes.
No solamente por lo que pensamos de los demás, sino por lo que hacemos a partir de aquello que pensamos.
También esperamos cosas en casa
Esto no ocurre únicamente en las aulas.
Las familias también construimos expectativas continuamente.
Esperamos que nuestros hijos sean responsables.
Que estudien.
Que sean educados.
Que sepan relacionarse.
Que tomen buenas decisiones.
Que no cometan los errores que nosotros cometimos.
Y algunas de esas expectativas nacen del amor. Queremos protegerles. Queremos que les vaya bien. Queremos ahorrarles sufrimiento.
Pero incluso las expectativas que nacen de las mejores intenciones pueden convertirse en una carga cuando no dejamos espacio suficiente para que la otra persona descubra quién es.
Hay una diferencia importante entre decir: «Confío en que encontrarás tu manera de hacerlo».
y decir: «Tienes que hacerlo como yo creo que debes hacerlo».
En el primer caso acompañamos una posibilidad. En el segundo, quizá estamos intentando construir al otro a nuestra medida.
¿Qué esperamos realmente de quienes educamos?
Tal vez esta sea una de las preguntas más difíciles.
Porque no basta con decir que tenemos altas expectativas.
También tenemos que preguntarnos de dónde proceden.
¿Esperamos que todos aprendan de la misma manera?
¿Esperamos que todos tengan los mismos intereses?
¿Esperamos que un adolescente se comporte como nosotros creemos que debería hacerlo?
¿Estamos confundiendo una dificultad actual con una característica permanente?
¿Estamos dejando espacio para que alguien nos sorprenda?
Y hay otra pregunta todavía más incómoda:
¿Qué ocurre cuando alguien no cumple nuestras expectativas?
Porque quizá sea precisamente ahí donde se pone a prueba nuestra mirada.
Es fácil confiar cuando todo funciona.
Es más difícil seguir viendo posibilidades cuando aparecen el fracaso, la desmotivación, el conflicto o el cansancio.
La mirada también educa
Un profesor no educa únicamente cuando explica una materia.
También educa cuando escucha una pregunta.
Cuando responde a un error.
Cuando decide quién puede participar.
Cuando interpreta una conducta.
Cuando vuelve a ofrecer una oportunidad.
Y algo parecido ocurre en una familia.
Los hijos observan cómo reaccionamos ante sus errores, cómo hablamos de sus capacidades, cómo respondemos cuando no cumplen aquello que esperábamos.
No podemos controlar todo lo que perciben de nosotros.
Pero sí podemos ser un poco más conscientes de aquello que estamos transmitiendo.
Una mirada puede decir: «Ya sabía que no lo conseguirías».
Y otra puede decir: «Esto no ha salido bien. Vamos a ver qué podemos aprender de ello».
No son mensajes equivalentes.
En ambos casos existe un límite de realidad (algo no ha salido bien), pero cambia completamente el espacio que dejamos para lo que puede ocurrir después.
La confianza no significa negar la realidad
Quizá aquí convenga detenernos.
Hablar del poder de las expectativas no significa defender que debamos esperar cualquier cosa de cualquiera.
Tampoco significa ignorar las dificultades, aprobar comportamientos inadecuados o repetir constantemente que todo es posible.
La confianza no consiste en negar la realidad.
Consiste en no confundir la realidad de este momento con todo lo que una persona puede llegar a ser.
Un alumno puede estar teniendo dificultades y necesitar ayuda.
Un adolescente puede estar comportándose de una manera que no podemos aceptar y necesitar límites.
Una persona puede haber cometido un error y tener que asumir sus consecuencias.
Nada de eso impide que sigamos reconociendo su capacidad para aprender, cambiar y encontrar otras formas de actuar.
Quizá una de las formas más honestas de confiar en alguien sea precisamente poder decirle: «Esto que estás haciendo no está bien. Y sigo creyendo que puedes hacerlo de otra manera».
Revisar nuestra propia mirada
Pero para poder acompañar desde ahí necesitamos algo que no siempre resulta sencillo: revisar nuestra propia mirada.
Porque también nosotros tenemos prejuicios, experiencias anteriores, cansancio, preferencias y expectativas.
También nosotros interpretamos.
También nosotros nos equivocamos.
A veces creemos estar describiendo a una persona cuando en realidad estamos describiendo nuestra experiencia con ella.
«Es desordenado».
«Es vago».
«Es conflictivo».
«Es inseguro».
Quizá podríamos probar a cambiar ligeramente la pregunta:
¿Qué estoy viendo?
¿Qué estoy dando por supuesto?
¿Qué otra explicación podría existir?
¿Qué necesitaría esta persona para poder mostrar otra parte de sí misma?
No se trata de sustituir una interpretación por otra más amable.
Se trata de abrir un poco el campo de visión.
A veces necesitamos otra mirada
Y quizá aquí aparece algo que conecta con la educación emocional.
No siempre necesitamos más información.
A veces necesitamos detenernos ante aquello que creemos saber y mirarlo de nuevo.
Una pregunta inesperada puede hacerlo.
También una palabra.
Una conversación.
Una experiencia que nos saque durante un momento de nuestra respuesta habitual.
Mover los Sentimientos nace precisamente de esa posibilidad: introducir un elemento inesperado que nos permita relacionarnos de otra manera con aquello que nos ocupa.
Una carta elegida al azar propone una planta y una acción. Después acudimos al Dossier de Pistas y Simbología, donde encontramos distintas frases y sugerencias relacionadas con esa acción. No son interpretaciones de nuestra situación ni respuestas a nuestro problema. Precisamente porque la carta no sabe nada de nosotros, puede aparecer algo que no estábamos buscando.
Y entonces podemos preguntarnos:
¿Qué me dice esto?
¿Qué frase me resuena?
¿Qué ocurre si miro esta situación desde aquí?
La herramienta no decide por nosotros.
No nos dice qué debemos sentir ni qué debemos hacer.
Crea una posibilidad de desplazamiento: salir, aunque sea durante un momento, del lugar desde el que estábamos mirando.
Y a veces cambiar la pregunta ya cambia algo.
→ Descubre Mover los Sentimientos
¿Qué expectativas queremos dejar?
Quizá educar también consista en aprender a convivir con una cierta incertidumbre.
No saber exactamente quién llegará a ser ese niño.
No saber qué hará ese adolescente dentro de diez años.
No saber todavía qué encontrará una persona que hoy está perdida.
Podemos acompañar.
Podemos poner límites.
Podemos enseñar.
Podemos ofrecer oportunidades.
Podemos confiar.
Pero no podemos escribir de antemano la historia de otra persona.
Y quizá eso sea precisamente lo hermoso de educar.
Que cada persona pueda sorprendernos.
Que alguien que hoy tiene dificultades encuentre mañana una capacidad que todavía no conocemos.
Que aquel alumno al que habíamos etiquetado nos obligue, con su evolución, a revisar nuestro juicio.
Que nuestros hijos tomen caminos que no habíamos imaginado.
Que descubramos que acompañar no significa saber exactamente hacia dónde va el otro.
Significa estar suficientemente cerca para ayudarle cuando lo necesite y suficientemente lejos para permitirle construir su propio camino.
Una expectativa también puede ser una pregunta
Quizá por eso me gusta pensar que las expectativas no tienen por qué convertirse en profecías.
Pueden convertirse en preguntas.
¿Qué será capaz de descubrir?
¿Qué ocurrirá si le damos otra oportunidad?
¿Qué necesita para poder avanzar?
¿Qué parte de sí mismo todavía no hemos visto?
Preguntarnos esto no garantiza ningún resultado.
Pero cambia nuestra posición.
Nos mantiene abiertos.
Y quizá una de las cosas más valiosas que podemos ofrecer a alguien que está aprendiendo sea precisamente eso: un espacio en el que todavía pueda convertirse en algo que nosotros no habíamos previsto.
Porque educar también es aprender a mirar a la persona que tenemos delante sin convertir nuestras expectativas en su destino.
Y quizá, antes de preguntarnos qué esperamos de los demás, deberíamos preguntarnos algo más sencillo:
¿Qué estoy haciendo yo con aquello que espero de ti?