El psicólogo estadounidense James Pennebaker, profesor de la Universidad de Texas, lleva años investigando los efectos que puede tener la escritura sobre nuestra manera de afrontar determinadas experiencias. Escribir puede ayudarnos a ordenar pensamientos, expresar emociones y prestar atención a aspectos de nosotros mismos que, en el ritmo cotidiano, pasan fácilmente desapercibidos.
Y es que escribir nos obliga a detenernos.
Cuando ponemos palabras a lo que estamos viviendo, dejamos de estar únicamente dentro de la experiencia y podemos empezar a observarla desde cierta distancia.
Escribir nos conecta con nuestro “yo” más profundo y puede convertirse en un ejercicio de autoconocimiento. A través de las palabras concretamos emociones que quizá estaban ahí, pero que todavía no sabíamos nombrar.
Mediante la escritura podemos estructurar nuestro pensamiento, expresar aquello que nos desborda, tomar distancia sobre lo que ocurre, descubrir nuestros recursos personales y reflexionar sobre nuestros deseos, nuestras relaciones o nuestras conductas.
No hace falta escribir bien.
Ni tener una historia extraordinaria que contar.
A veces basta con empezar.
Escribir para escucharnos
En ocasiones utilizo el método de la “escritura automática” o “fluir de la conciencia”: empezar a escribir dejando que los pensamientos aparezcan sin detenerme demasiado a juzgarlos o corregirlos.
El propósito no es conseguir un texto bonito.
Es vencer, aunque sea durante unos minutos, esa autocensura que ejercemos continuamente sobre nosotros mismos.
Escribir, escribir, dejarse ir, alcanzar ese estado en que las cosas fluyen.
«Escribir un diario es, pues, como volar entre nuestros pensamientos y sensaciones. No siempre se escribirá lo más importante o lo más adecuado, pero eso es lo bueno, que no hay que escribir lo que quieren o como quieran los demás. Hay plena libertad. Escribir un diario es escribirse uno mismo».
— David Redín
Y quizá por eso un diario puede convertirse en algo más que un registro de acontecimientos.
Puede ser un lugar donde encontrarnos.
«En el diario no sólo me expreso a mí misma más abiertamente de lo que lo haría ante cualquier persona; me creo a mí misma».
— Susan Sontag
Cuando escribir se convierte en una forma de mirar
Una larga convalecencia durante una etapa difícil de mi vida hizo que empezara a escribir sobre la cotidianidad.
Al principio eran palabras para llenar las horas.
Poco a poco, aquellas palabras empezaron a transformarse en pensamientos y aquellos pensamientos fueron tomando forma alrededor de las emociones que estaba viviendo.
Escribir me ayudó a observar lo que me estaba pasando.
Lo que empezó siendo un diario de la desesperanza acabó convirtiéndose en algo muy diferente.
Cuando escribimos, podemos crear un pequeño espacio para observarnos. Podemos volver sobre aquello que hemos vivido y descubrir conexiones que en el momento de experimentarlo no éramos capaces de ver.
Esos relatos escritos se convierten, de alguna manera, en un mapa de nuestro propio recorrido.
En los momentos más oscuros pude hablarme a mí misma con sinceridad.
Y después podía volver a leer aquello que había escrito.
Ahí seguía una parte de mi experiencia.
Una parte de mí.
«La sinceridad del momento es la esencia de un diario».
— Andy Warhol
¿Cómo empezar a escribir un diario?
Eso sí, escribir requiere cierta perseverancia.
Hay que entrenar.
Ver deporte no es hacer deporte.
Con la escritura ocurre algo parecido: podemos leer mucho sobre sus beneficios, pero solo descubrimos lo que nos aporta cuando empezamos a escribir.
No existen unas reglas imprescindibles. Pero algunas cosas pueden ayudarnos a empezar:
- Busca un momento y un lugar en los que puedas estar tranquilo.
- Escribe sin preocuparte demasiado por la ortografía, la gramática o la forma. El texto es para ti.
- Escribe sobre aquello que sea personal e importante para ti. No te quedes necesariamente en la superficie.
- No esperes acontecimientos extraordinarios. Lo cotidiano también tiene valor, especialmente cuando lo volvemos a mirar con el paso del tiempo.
- Puedes escribir sobre lo que ha ocurrido durante el día, pero también sobre algo que te preocupa, un deseo, una relación, un recuerdo o un proyecto.
- Si lees, puedes anotar aquellas frases o ideas que te hayan llamado especialmente la atención. Quizá algún día descubras por qué.
- Y, sobre todo, permítete escribir sin saber exactamente adónde quieres llegar.
No siempre necesitamos encontrar una respuesta.
A veces necesitamos formular mejor la pregunta.
Escribir también puede ayudarnos a mirar nuestras emociones
El día a día, con sus conflictos cotidianos, retos, cambios vitales, acontecimientos inesperados o procesos de duelo, nos pone a prueba.
En esas circunstancias, poner palabras a lo que sentimos puede ayudarnos a detenernos y observar qué está ocurriendo en nuestro interior.
¿Qué me está pasando?
¿Qué estoy sintiendo realmente?
¿Qué hay detrás de esta reacción?
¿Qué necesito?
¿Qué estoy evitando mirar?
Escribir no resuelve por sí mismo aquello que nos preocupa. Pero puede abrir un espacio desde el que empezar a observarlo de otra manera.
Y esa distancia puede ser importante.
No vemos el mismo paisaje cuando estamos dentro de él que cuando conseguimos alejarnos unos pasos y observarlo.
De las palabras a los sentimientos
En mi propio recorrido, la escritura también estuvo relacionada con la creación de Mover los Sentimientos.
Cuando algo nos preocupa y no sabemos muy bien cómo abordarlo, podemos formular una pregunta y extraer una carta al azar. La carta nos presenta una planta y una acción. La información sobre la planta nos ofrece un primer desplazamiento y la acción nos invita a explorar una posibilidad.
Después acudimos al Dossier de Pistas y Simbología. Allí encontramos diferentes frases y sugerencias. No están escritas para responder a nuestra preocupación ni conocen nuestra situación. Precisamente por eso pueden introducir algo inesperado en nuestro recorrido habitual de pensamiento.
Podemos detenernos ante ellas y preguntarnos cuál nos resuena, qué relación encontramos con aquello que estamos viviendo o qué nos hace pensar esa propuesta.
La herramienta no interpreta lo que nos ocurre ni nos dice qué debemos hacer. Nos ofrece un punto de partida desde el que podemos construir nuestra propia relación con aquello que sentimos.
A veces, cambiar el punto desde el que miramos no resuelve inmediatamente aquello que nos preocupa. Pero puede permitirnos descubrir algo que desde nuestra posición habitual no estábamos viendo.
→ Descubre Mover los Sentimientos
Un día también puede convertirse en una historia
Cuando escribimos sobre nuestra propia vida no siempre sabemos qué estamos buscando.
Quizá simplemente queremos guardar un día.
Una conversación.
Una sensación.
Un pensamiento que apareció mientras tomábamos un café.
Una emoción que no supimos explicar.
Años después podemos volver sobre aquellas palabras y descubrir que aquel día contenía mucho más de lo que entonces éramos capaces de percibir.
Hace años escribí precisamente así un día cualquiera.
Era el 27 de septiembre de 2008.
Lo escribí sin saber que aquel relato terminaría formando parte del libro 27 de septiembre: un día en la vida de las mujeres, editado por Alfama.
Si quieres acompañarme durante aquel día, puedes leerlo aquí:
Escribir para mirar hacia dentro
Escribir un diario no consiste necesariamente en contar lo que hemos hecho durante el día.
Puede ser una manera de detenernos.
De poner palabras a algo que todavía no sabemos nombrar.
De observar una emoción antes de reaccionar.
De descubrir una pregunta que no nos habíamos hecho.
A veces, escribir es simplemente una forma de escucharnos.
Y quizá ahí esté su mayor valor.
No en encontrar rápidamente una respuesta, sino en concedernos el tiempo necesario para mirar.
Mi conclusión
No necesitamos convertir cada experiencia en una explicación.
A veces necesitamos simplemente detenernos ante ella.
Escribir puede ser una de esas formas de detenernos.
Un bolígrafo, unas palabras y un poco de tiempo pueden abrir un espacio que ya estaba dentro de nosotros.
Solo tenemos que atrevernos a entrar.