¿Cómo se puede hablar de la envidia y los celos sin sentir una pequeña punzada en la parte baja del estómago? Enseguida nos excusamos con un «todos nosotros, en algún momento…».
Dejemos el «todos» y que cada uno aguante su vela: mi envidia.
Porque somos expertos de nuestra propia emocionalidad. De lo que sentimos. De aquello que nos ocurre por dentro. Somos quienes más podemos saber de nuestras emociones, aunque a veces no queramos acercarnos demasiado a ellas. Y, si no sabemos qué nos está pasando, quizá sea precisamente porque todavía no nos hemos detenido a preguntarnos: «¿cómo estoy?».
La envidia es una de esas emociones de las que resulta más fácil hablar cuando pertenece a otro.
La reconocemos enseguida en los demás. En nosotros, bastante menos.
¿Qué envidiamos realmente?
Pensemos en una situación muy sencilla.
Vemos a alguien con un cuerpo que nos parece perfecto. Más joven, más atractivo, más cuidado. O vemos a una persona que ha conseguido aquello que nosotros llevamos tiempo deseando: un trabajo, una posición, una relación, una casa, un reconocimiento.
Y aparece esa pequeña punzada.
Podemos reconocerla o podemos empezar a buscar explicaciones para no llamarla por su nombre.
«Seguro que se ha operado».
«Tampoco es para tanto».
«Ha tenido suerte».
«Yo no querría vivir como vive».
Podemos incluso cambiarle el nombre y llamarla admiración, competencia o «envidia sana».
Pero quizá antes de intentar hacerla desaparecer podríamos hacer algo bastante más sencillo: reconocer que está ahí.
Porque los sentimientos no siempre nos resultan cómodos. Y eso no significa que tengamos que negarlos.
No somos personas envidiosas
Hay algo que me parece especialmente importante cuando trabajamos cualquier emoción: no convertirla en una etiqueta.
No somos «envidiosos».
Podemos sentir envidia en una determinada situación.
No somos «celosos».
Podemos sentir celos ante una circunstancia concreta.
Parece una diferencia pequeña, pero no lo es.
Cuando convertimos una emoción en una característica de nuestra identidad, dejamos mucho menos espacio para cambiar nuestra relación con ella. Si digo «soy envidioso», parece que estoy describiendo quién soy. Si digo «estoy sintiendo envidia», estoy describiendo algo que me está ocurriendo.
Y lo que nos ocurre puede observarse. Puede comprenderse. Puede cambiar.
En el trabajo de conciencia emocional que Carmen desarrolló alrededor de estas emociones aparece precisamente esta idea: reconocer la experiencia propia sin convertirla en una etiqueta que nos defina.
La comparación puede deformar nuestra mirada
La envidia tiene algo especialmente curioso: suele mostrarnos una parte de la realidad y hacernos olvidar todo lo demás.
Veo el cuerpo de esa persona, pero no veo sus horas de entrenamiento.
Veo su posición profesional, pero no conozco el esfuerzo que ha realizado para llegar hasta allí.
Veo lo que tiene, pero no sé qué ha tenido que renunciar para conseguirlo.
Veo el resultado, no el recorrido.
Y entonces mi comparación puede ser profundamente injusta.
No porque aquello que deseo no sea real, sino porque estoy comparando mi experiencia completa con una pequeña parte de la experiencia de otra persona.
Quizá esa sea una de las trampas más interesantes de la envidia: mirar con mucha atención aquello que el otro posee y muy poca atención a aquello que nosotros estamos viviendo.
Y mientras más miramos hacia fuera, más fácil resulta perder de vista lo que está ocurriendo dentro.
La envidia también puede decirnos algo
No me interesa demasiado la idea de aprender a «eliminar» la envidia.
En primer lugar, porque no creo que podamos evitar sentir aquello que sentimos. Y, en segundo lugar, porque quizá esa emoción tenga algo que mostrarnos.
¿Qué hay exactamente detrás de mi envidia?
¿Quiero aquello que tiene esa persona?
¿O quiero lo que creo que significa tenerlo?
¿Deseo su cuerpo o deseo sentirme bien con el mío?
¿Quiero su trabajo o quiero el reconocimiento que parece recibir?
¿Quiero su relación o echo de menos algo en la mía?
¿Envidio realmente lo que tiene o estoy señalando, sin saberlo, algo que echo de menos en mi propia vida?
No siempre encontraremos una respuesta.
Pero formular la pregunta ya cambia ligeramente nuestra posición.
Cuando la envidia se convierte en desvalorización
Hay otra reacción bastante habitual: si no puedo tener aquello que deseo, intento convencerme de que no tiene ningún valor.
Es una especie de movimiento de defensa.
Si ese cuerpo perfecto no es realmente bonito, si ese trabajo no merece tanto la pena, si esa persona no es tan feliz como parece, entonces quizá ya no tenga motivos para sentirme mal.
Pero seguimos mirando.
Seguimos comparando.
Y seguimos sintiendo esa incomodidad que queríamos evitar.
Por eso quizá resulte más honesto reconocerla.
«Sí, esto me gustaría tenerlo.»
«Sí, me duele que otra persona lo haya conseguido.»
«Sí, me estoy comparando.»
Decirlo no convierte el sentimiento en una conducta.
Reconocer una emoción no significa justificar cualquier cosa que hagamos a partir de ella.
Significa dejar de gastar energía en fingir que no existe para poder observar qué hacemos con ella.
Y entonces aparece una posibilidad
En los trabajos que Carmen Sanjuán desarrolló específicamente sobre la envidia y los celos, el objetivo no era eliminar esas emociones, sino facilitar una conexión con ellas que permitiera describirlas, observarlas y ampliar la manera de relacionarnos con aquello que estábamos sintiendo.
Ahí es donde Mover los Sentimientos podía introducir algo inesperado.
Primero se plantea la situación.
¿Qué envidio?
¿Qué me produce celos?
Después aparece el azar.
Se barajan las cartas y se escoge una sin saber cuál va a salir. Se lee la acción que propone y, junto con ella, las Pistas y Simbología correspondientes. Cada participante puede detenerse en aquella frase que le resuene y relacionarla con la situación que está explorando.
La carta no sabe nada de nuestra envidia.
No conoce a la persona que tenemos delante.
No sabe qué hemos conseguido, qué hemos perdido ni qué deseamos.
Y precisamente por eso puede introducir una pequeña interrupción en nuestra manera habitual de mirar.
Una acción inesperada.
Una frase que no habíamos buscado.
Una relación que quizá no habíamos establecido.
No es la carta la que nos explica qué nos pasa. Somos nosotros quienes establecemos la conexión entre aquello que aparece y nuestra propia experiencia.
Ese desplazamiento, pequeño pero significativo, puede ayudarnos a mirar de otra manera aquello que hasta ese momento estábamos observando desde un único lugar.
Eso es lo que en aquellas experiencias se buscaba al utilizar Mover los Sentimientos: facilitar otra posibilidad de punto de vista a partir del azar.
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Somos expertos en nuestra propia emoción
Quizá por eso me sigue interesando aquella idea del principio: somos expertos de nuestra propia emocionalidad.
No porque sepamos siempre qué nos ocurre, sino porque nadie puede sentir por nosotros.
Nadie puede decirnos exactamente qué significa nuestra envidia, nuestros celos, nuestra rabia o nuestra tristeza. Puede ayudarnos a mirar. Puede hacernos preguntas. Puede ofrecernos otra perspectiva. Pero la experiencia sigue siendo nuestra.
Y quizá aprender a relacionarnos con nuestras emociones tenga menos que ver con conseguir que desaparezcan y más con aprender a reconocerlas antes de que decidan por nosotros.
La envidia puede estar ahí.
Los celos también.
Podemos sentirlos sin convertirlos en nuestra identidad y podemos observarlos sin necesidad de justificarlos.
Incluso podemos preguntarnos qué nos están señalando.
Quizá aquello que envidiamos nos esté mostrando un deseo.
Quizá una carencia.
Quizá una comparación injusta.
Quizá algo que necesitamos revisar.
No lo sabremos hasta que nos atrevamos a mirar un poco más despacio.
El mundo puede parecernos injusto cuando otro tiene o ha conseguido aquello que nosotros querríamos.
La pregunta quizá no sea solamente «¿qué envidias?».
Quizá sea también:
¿Qué está intentando decirte aquello que envidias?