Si crees que este contenido puede ayudar a alguien de tu entorno, compártelo. "Mover los Sentimientos" crece de persona a persona.

Imagina una escena muy cotidiana.

Alguien dice: «Te prometo que estaré allí.»

En ese mismo instante ocurre algo curioso.

No se ha movido ninguna piedra del mundo físico. No ha cambiado la meteorología. No se ha modificado el paisaje.

Y, sin embargo, algo ha cambiado.

Ha nacido una expectativa.

Ha aparecido un compromiso.

Quizá también una cierta confianza.

Todo eso ha ocurrido con palabras.

Estamos acostumbrados a pensar que el lenguaje sirve para describir el mundo. Hablamos para contar lo que vemos, explicar lo que pensamos o narrar lo que ha ocurrido.

Pero ¿y si el lenguaje hiciera algo más que describir la realidad?

Hace muchos años, el filósofo británico John L. Austin formuló una idea que cambió nuestra manera de pensar sobre el lenguaje: cuando hablamos, no solo decimos cosas. En determinadas circunstancias, también hacemos cosas.

Una promesa no describe una promesa.

La hacemos al pronunciarla.

Un «sí, quiero» no explica un matrimonio. Forma parte del acto mediante el cual ese compromiso se realiza.

Y quizá ahí comienza una manera distinta de mirar nuestras propias palabras.


Cuando decir algo es hacer algo

Durante mucho tiempo, una de las preguntas fundamentales que se hacía la filosofía del lenguaje era si una frase era verdadera o falsa.

Austin desplazó la mirada hacia otra cuestión: ¿qué hacemos cuando decimos algo?

Hay expresiones que no se limitan a describir una acción. La realizan en el mismo momento en que se pronuncian.

Pensemos en algunos ejemplos.

«Te prometo que vendré.»

«Sí, quiero.»

«Os declaro marido y mujer.»

En estos casos, las palabras forman parte de la acción misma.

No estamos contando que hemos prometido algo. Estamos prometiendo.

No estamos describiendo un compromiso. Estamos adquiriéndolo.

Y esto solo es posible porque existen unas determinadas circunstancias, unas relaciones y unas convenciones que hacen que esas palabras tengan ese valor.

Una promesa necesita a alguien que promete y a alguien que recibe esa promesa. Un matrimonio necesita unas condiciones concretas para que ese «sí, quiero» tenga el significado que le atribuimos.

Las palabras, por tanto, no actúan solas.

Actúan dentro de un contexto.

Y quizá esto sea importante recordarlo porque nos devuelve a algo mucho más cercano: nuestras conversaciones cotidianas.


El lenguaje construye parte del mundo que compartimos

Gran parte de nuestra vida está organizada alrededor de palabras.

Prometemos.

Acordamos.

Pedimos.

Reconocemos.

Perdonamos.

Agradecemos.

Ponemos nombre a las cosas.

Damos nuestra palabra.

Nos comprometemos.

En determinadas circunstancias, esas palabras cambian las relaciones entre las personas.

Un «te perdono» puede abrir una posibilidad que antes no existía.

Un «cuenta conmigo» puede transformar la manera en que alguien afronta una dificultad.

Un «no puedo hacerlo» puede poner un límite.

Un «lo siento» puede ser el comienzo de una reparación, aunque decirlo no garantice que la reparación llegue.

Porque las palabras tienen consecuencias.

No siempre las que pretendíamos.

Y tampoco siempre las que esperamos.

Podemos decir algo con la intención de acercarnos y conseguir que el otro se aleje. Podemos intentar tranquilizar y provocar más inquietud. Podemos hacer una pregunta pensando que estamos ayudando y conseguir que la otra persona se sienta juzgada.

Hablar es también relacionarnos.

Y relacionarnos significa que aquello que decimos entra en el mundo de otra persona.


Lo que hacemos al hablar

Austin distinguió diferentes dimensiones en aquello que sucede cuando hablamos.

Imaginemos que alguien dice: «Cuidado, el suelo resbala.»

Primero está aquello que literalmente estamos diciendo: una frase que tiene un significado comprensible.

Pero también estamos haciendo algo al decirla: advertir, avisar, llamar la atención sobre un peligro.

Y, además, nuestras palabras pueden producir un efecto en quien las escucha: quizá se detenga, camine con más cuidado o decida tomar otro camino.

Una misma frase puede, por tanto, contener varias acciones.

Decimos algo.

Hacemos algo al decirlo.

Y podemos provocar algo en quien nos escucha.

No siempre podemos controlar ese último efecto.

Y quizá ahí aparezca una de las cuestiones más interesantes del lenguaje: podemos elegir nuestras palabras, pero no podemos decidir completamente qué harán en el otro.


Las palabras también pueden abrir o cerrar

Hay palabras que abren una conversación.

«¿Quieres contarme qué ha pasado?»

Y otras que la cierran antes de empezar.

«Ya sé perfectamente lo que te pasa.»

Hay palabras que dejan espacio.

«No estoy de acuerdo, pero quiero entenderlo.»

Y otras que colocan una sentencia.

«Siempre haces lo mismo.»

Hay palabras que permiten revisar lo ocurrido.

«Creo que me equivoqué.»

Y otras que convierten un momento concreto en una identidad.

«Eres imposible.»

Quizá no siempre prestamos atención a esta diferencia.

Cuando estamos cansados, enfadados o preocupados, hablamos muchas veces desde la reacción. Las palabras salen deprisa y después descubrimos que no queríamos decir exactamente aquello.

Pero ya ha sido dicho.

Y el otro lo ha recibido.

Por eso aprender a escucharnos antes de hablar también forma parte de nuestra manera de relacionarnos.

No para controlar cada palabra hasta convertir nuestras conversaciones en algo artificial.

Sino para ser un poco más conscientes de lo que hacemos cuando hablamos.


La palabra puede ser también una forma de cuidado

En una conversación difícil, una palabra puede cambiar el lugar desde el que dos personas se encuentran.

No es lo mismo decir:

«Tú nunca me escuchas.»

que:

«Me gustaría que pudieras escucharme antes de responder.»

No porque una frase sea buena y la otra mala.

La primera puede contener un cansancio muy real. Quizá incluso una historia de muchas conversaciones anteriores.

Pero las dos construyen posibilidades diferentes para lo que puede ocurrir después.

Una acusa.

La otra expresa una necesidad.

Una parece cerrar una conclusión.

La otra deja abierta una conversación.

Y quizá por eso las palabras son tan importantes cuando hablamos de relaciones.

No solucionan por sí mismas aquello que nos ocurre.

Pero pueden facilitar que algo empiece a suceder.

O pueden hacerlo más difícil.


¿Qué palabras hemos aprendido sobre nosotros mismos?

Hay otra dimensión del lenguaje que quizá sea todavía más íntima.

Las palabras que los demás utilizan para hablarnos pueden acabar formando parte de la manera en que nos hablamos nosotros mismos.

«Eres tímido.»

«Eres desordenado.»

«No se te dan bien los números.»

«Siempre has sido muy fuerte.»

«Tú puedes con todo.»

Algunas de estas frases pueden parecer inocentes. Incluso pueden haber sido pronunciadas con cariño.

Pero las palabras con las que nos nombran también pueden convertirse en una especie de relato sobre quién somos.

Y los relatos se pueden revisar.

No somos únicamente aquello que alguien dijo de nosotros hace años.

Tampoco somos únicamente aquello que nosotros mismos hemos aprendido a decirnos.

Quizá por eso, de vez en cuando, también necesitamos detenernos ante nuestras propias palabras y preguntarnos:

¿Esto que me digo me ayuda a comprenderme?

¿O simplemente estoy repitiendo una historia que aprendí hace mucho tiempo?


Una palabra inesperada

Hay ocasiones en las que no necesitamos encontrar las palabras que ya conocemos.

Precisamente porque esas palabras conocidas nos llevan siempre al mismo lugar.

Si algo nos preocupa, solemos pensar sobre ello de acuerdo con nuestros propios recorridos. Volvemos a los mismos argumentos, anticipamos las mismas respuestas y encontramos explicaciones parecidas.

¿Qué ocurriría si, en lugar de buscar una palabra relacionada con nuestro problema, apareciera delante de nosotros una palabra que no esperábamos?

Una palabra que no supiera nada de nosotros.

Que no conociera nuestra historia.

Que no supiera qué nos preocupa.

Y que, precisamente por eso, no pudiera darnos una respuesta sobre lo que deberíamos hacer.

Solo una palabra.

Y una acción.

Entonces quizá la pregunta ya no sería «¿qué significa esta palabra para mí?», sino algo más abierto:

¿Qué ocurre si la pongo en relación con aquello que estoy viviendo?


Las palabras de Mover los Sentimientos

Esta es una de las razones por las que las palabras tienen un lugar tan importante en Mover los Sentimientos.

Cada carta propone una planta y una acción. Después, en el Dossier de Pistas y Simbología, encontramos frases y sugerencias cuidadosamente construidas alrededor de esa propuesta.

No están ahí para explicarnos qué significa la carta.

Tampoco para decirnos qué nos ocurre.

Son palabras que nos encontramos.

Y algunas pueden no decirnos absolutamente nada.

Otras, en cambio, pueden detenernos.

Una frase puede incomodarnos.

Otra puede despertar un recuerdo.

Otra puede parecernos absurda.

Y quizá haya una que, sin saber muy bien por qué, nos resuene.

Ahí comienza otra parte del recorrido.

No buscamos la interpretación correcta de la frase.

Nos preguntamos qué ocurre en nosotros al encontrarnos con ella.

Porque la carta no sabe nada de nuestra situación.

La frase tampoco.

Y precisamente esa distancia puede permitirnos salir, aunque sea durante un momento, del lugar habitual desde el que estamos mirando.

El azar introduce una palabra que no habíamos elegido.

Y nosotros decidimos qué hacemos con ella.

Quizá ahí esté una de las formas más sencillas de entender qué significa «mover» en Mover los Sentimientos.

No mover la emoción como quien mueve un objeto.

Mover nuestra mirada.

Mover una pregunta.

Mover la manera en que estábamos pensando.

Abrir una posibilidad.

→ Descubre Mover los Sentimientos


Escuchar las palabras de los demás

Y quizá haya una última cuestión que merece la pena conservar.

Las palabras no solo son importantes cuando hablamos. También lo son cuando escuchamos.

Escuchar no consiste únicamente en esperar nuestro turno para responder.

A veces significa dejar que una frase del otro permanezca un momento dentro de nosotros antes de decidir qué pensamos de ella.

Podemos no estar de acuerdo.

Podemos interpretar las cosas de otra manera.

Podemos incluso descubrir que la otra persona se ha expresado mal.

Pero escuchar nos permite conocer algo que antes no conocíamos: su manera de mirar aquello que está viviendo.

Y eso puede cambiar también nuestra propia mirada.


Lo que hacemos con nuestras palabras

Quizá la lección más interesante de Austin no sea solamente que el lenguaje puede ser una acción.

Quizá sea que hablar nos compromete con aquello que hacemos al hablar.

Cuando prometemos, alguien puede confiar.

Cuando ponemos un límite, alguien puede encontrarse con él.

Cuando pedimos perdón, abrimos una posibilidad.

Cuando etiquetamos, podemos cerrar otras.

Cuando preguntamos, podemos abrir un espacio.

Cuando nombramos una posibilidad, quizá ayudemos a que alguien pueda imaginarla.

No siempre sabremos qué efecto tendrán nuestras palabras.

Pero podemos intentar prestarles atención.

A las que decimos a los demás.

A las que escuchamos.

Y también a las que nos decimos a nosotros mismos.

Porque quizá hablar no sea únicamente una manera de contar el mundo.

Quizá sea también una manera de relacionarnos con él.

Y, algunas veces, una sola palabra puede ser suficiente para que algo empiece a moverse.

Mover los Sentimientos
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