Lo que una imagen nunca puede hacer

Una invitación a mirar: Capítulo 5

Lo que una imagen nunca puede hacer.

Empecé a observar algo que se repetía con frecuencia.

Al terminar una dinámica, algunas personas se acercaban a enseñarme la carta que habían tenido entre las manos, como si aquella imagen escondiera un significado que yo pudiera revelarles.

– «¿La he interpretado bien?»

– «¿Qué quiere decir realmente esta carta?»

Entendía perfectamente esas preguntas. Yo misma me las había hecho alguna vez.

Vivimos acostumbrados a pensar que casi todo tiene un significado correcto y que siempre existe alguien que puede explicárnoslo mejor que nosotros. Si un símbolo nos conmueve, tendemos a creer que debe esconder un mensaje preciso, una especie de clave que, una vez descubierta, resolverá el enigma.

Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba acompañando a personas, más convencida estaba de que ese no era el camino.

Una imagen, por sí sola, no sabe nada de quien la observa.

No conoce su historia, ni sus pérdidas, ni sus ilusiones. No sabe qué conversación ha tenido esa mañana, qué recuerdo acaba de despertar o qué preocupación lleva días ocupando su pensamiento.

La imagen permanece exactamente igual.

Quienes cambiamos somos nosotros.

Por eso nunca he sentido la necesidad de explicar el significado de una carta. Hacerlo habría supuesto imponer mi mirada sobre la experiencia de otra persona y, en cierto modo, romper aquello que más me interesa preservar: la posibilidad de que cada uno descubra un significado propio.

He comprobado que una misma imagen puede dar lugar a conversaciones completamente distintas. No porque unas personas acierten y otras se equivoquen, sino porque cada una llega hasta ella desde un lugar diferente. Incluso la misma persona puede reencontrarse con esa imagen tiempo después y descubrir algo que antes había pasado inadvertido.

La carta no ha cambiado.

Ha cambiado quien la mira.

Quizá por eso siempre me ha parecido que las imágenes se parecen más a los espejos que a los libros.

Un libro contiene una historia escrita por otra persona.

Un espejo, en cambio, devuelve algo que ya estaba allí, aunque a veces necesitemos detenernos para reconocerlo.

Ésa es la manera en que yo las entiendo.

No ofrecen respuestas.

No interpretan.

No diagnostican.

Simplemente crean un espacio desde el que resulta más fácil observar aquello que ya habita en nosotros.

Y fue precisamente al comprender esto cuando empecé a darme cuenta de que lo verdaderamente importante nunca había sido la imagen.

Lo importante era la conversación que comenzaba después de mirarla.

Detenerse también forma parte del camino.

El capítulo termina aquí. La mirada, no.

— Carmen Sanjuán —

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