Todos hemos oído alguna vez comentarios del tipo: «Soy una persona lógica, sé dejar las emociones a un lado y analizar las situaciones objetivamente».
La frase parece razonable hasta que nos detenemos un momento en ella. ¿De verdad podemos dejar nuestras emociones a un lado? ¿Podemos decidir cuándo participan y cuándo no?
Quizá la inteligencia emocional empiece precisamente cuando dejamos de pensar que razón y emoción son dos mundos independientes que podemos conectar o desconectar a voluntad.
Las emociones forman parte de nuestra manera de percibir, interpretar y responder a lo que nos ocurre. Y aprender a reconocer esa influencia no significa dejar de ser racionales. Al contrario: puede ayudarnos a comprender mejor qué está ocurriendo dentro de nosotros antes de decidir qué hacemos con ello.
La inteligencia emocional no es, por tanto, una capacidad que unas personas poseen y otras no. Puede desarrollarse. Podemos aprender a reconocer nuestras emociones, comprenderlas mejor y relacionarnos con ellas de una manera más consciente.
¿Y si existiera una pastilla para comprendernos mejor?
En Matrix, Morfeo ofrece a Neo dos posibilidades. La pastilla azul le permite continuar viviendo en la realidad que conoce. La roja abre la puerta a otra realidad, mucho más incómoda, pero también más consciente.
La escena se ha convertido en una de esas imágenes que utilizamos para hablar de decisiones difíciles: seguir viendo aquello que queremos ver o atrevernos a descubrir qué hay detrás.
Sabemos que existen muchas «pastillas azules» en nuestra vida cotidiana. Formas de evitar aquello que nos incomoda, explicaciones que nos tranquilizan, maneras de mirar hacia otro lado cuando una emoción nos resulta demasiado difícil.
Pero ¿existe una pastilla roja para nuestras emociones?
¿Hay alguna manera de obligarnos a ver aquello que todavía no queremos mirar?
Probablemente no.
Y quizá tampoco la necesitamos.
La emoción no se puede apagar
Podemos intentar ignorar una emoción. Podemos distraernos, racionalizarla, justificarla o incluso cambiarle el nombre. Pero que no queramos mirar algo no significa que haya desaparecido.
Una preocupación puede seguir acompañándonos mientras hacemos cualquier otra cosa.
Un enfado puede aparecer en una conversación aparentemente insignificante.
Una decepción puede modificar nuestra manera de interpretar lo que hace otra persona.
Y una ilusión puede influir en una decisión mucho más de lo que somos capaces de reconocer.
No se trata de elegir entre pensar o sentir.
Se trata de aprender a observar qué ocurre cuando ambas cosas están presentes.
Porque nuestras emociones también nos proporcionan información. A veces nos ayudan a prestar atención a algo que consideramos importante; otras veces pueden llevarnos a interpretar una situación desde un lugar demasiado estrecho. Aprender a reconocer esa influencia forma parte del conocimiento de uno mismo.
Cuando creemos tener la solución para los demás
Todos hemos vivido alguna vez esta situación: un amigo nos cuenta un problema y nosotros, desde fuera, vemos inmediatamente lo que debería hacer.
«Yo en tu lugar…»
La frase aparece casi sola.
Desde fuera parece sencillo. Tenemos distancia, vemos otras posibilidades y creemos haber encontrado una solución que la otra persona no consigue ver.
Pero hay un pequeño problema: nosotros no estamos viviendo su situación.
Cada persona mira la realidad desde su propia historia, sus experiencias, sus deseos, sus miedos y sus expectativas. Todos llevamos, de alguna manera, unas gafas que condicionan aquello que vemos.
Por eso un buen consejo no siempre sirve. Podemos explicar una solución perfectamente y, aun así, la otra persona no encontrar ninguna manera de hacerla suya.
Quizá antes de aconsejar necesitamos otra cosa: ayudar a ampliar la mirada.
A veces una pregunta abre más que una respuesta
Por eso me interesa tanto la pregunta.
Una pregunta no nos dice necesariamente qué tenemos que hacer. Nos obliga a detenernos y buscar dentro de nosotros una respuesta que todavía no tenemos.
¿Qué está ocurriendo realmente?
¿Qué parte de esta situación me afecta más?
¿Qué estoy dando por supuesto?
¿Qué otras posibilidades existen?
¿Qué estoy viendo y qué estoy dejando fuera de mi mirada?
En las dinámicas originales de Mover los Sentimientos, Carmen utilizaba precisamente esta idea: las Pistas y Simbología podían convertirse en un punto de partida para formular nuevas preguntas y revisar juicios automáticos. La propuesta no consistía en recibir una solución, sino en abrir posibilidades de pensamiento.
Y aquí aparece una de las características más interesantes de la herramienta: el azar.
Dejar que el azar nos cambie el punto de partida
Cuando trabajamos con Mover los Sentimientos no elegimos la carta porque pensemos que necesitamos determinada emoción, ni porque busquemos una respuesta concreta.
Barajamos.
Escogemos una carta a ciegas.
Y aparece una planta acompañada de una acción.
Después acudimos al Dossier de Pistas y Simbología. Allí encontramos diferentes frases y sugerencias relacionadas con aquello que ha aparecido. No tenemos que encontrar una interpretación correcta. Podemos detenernos en aquella frase que nos resuene y preguntarnos qué relación puede tener con aquello que estamos viviendo.
El proceso tiene algo de curioso.
La carta no sabe nada de nosotros.
No conoce nuestro problema, nuestra preocupación ni aquello que estábamos pensando antes de escogerla.
Y precisamente por eso puede introducir una pequeña interrupción en nuestro recorrido habitual.
Si buscáramos frases relacionadas directamente con nuestro problema, probablemente seguiríamos moviéndonos dentro del mismo marco desde el que ya lo estamos observando. Una propuesta inesperada puede llevarnos a otro lugar.
No porque la carta tenga una respuesta escondida.
Sino porque puede ayudarnos a formular una pregunta que todavía no nos habíamos hecho.
Mover los Sentimientos no es la pastilla roja
Quizá por eso hoy explicaría de otra manera qué es Mover los Sentimientos.
No es una pastilla que tomamos para sentirnos mejor.
No es un oráculo que nos dice qué debemos hacer.
Tampoco interpreta nuestras emociones por nosotros.
Es una herramienta que puede facilitar un proceso de exploración. Cada carta propone una planta y una acción; las Pistas y Simbología acompañan después ese recorrido con sugerencias abiertas que pueden provocar distintas resonancias personales. El azar forma parte de ese diseño porque introduce un elemento que no hemos elegido y que puede ayudarnos a salir, aunque sea durante un momento, de nuestros caminos habituales de pensamiento.
El significado no está dentro de la carta esperando que nosotros lo descubramos. Se construye en la relación que establecemos entre aquello que aparece y nuestra propia experiencia.
Y esa diferencia es importante.
Porque nadie puede mirar por nosotros.
La herramienta puede acompañar. Puede provocar una pregunta. Puede abrir una conversación. Puede ofrecernos un estímulo inesperado. Pero el trabajo interior sigue siendo nuestro.
→ Descubre Mover los Sentimientos
¿Qué tiene que ver todo esto con la inteligencia emocional?
Quizá más de lo que parece.
El modelo de inteligencia emocional de Mayer y Salovey que Carmen Sanjuán estudió distingue cuatro ámbitos relacionados: la percepción emocional, la facilitación emocional del pensamiento, la comprensión emocional y la regulación emocional. En su trabajo sobre la herramienta, Carmen situaba Mover los Sentimientos especialmente como un facilitador dentro de ese proceso de exploración y utilización consciente de la experiencia emocional.
Pero hoy no necesitamos convertir la herramienta en una demostración de un modelo teórico.
Lo interesante está en la experiencia.
Percibir qué nos está ocurriendo.
Poner palabras a aquello que conseguimos reconocer.
Observar cómo una emoción participa en nuestra manera de pensar.
Preguntarnos qué posibilidades aparecen cuando ampliamos nuestra mirada.
Y, después, decidir qué queremos hacer con todo ello.
La inteligencia emocional no consiste en conseguir que nuestras emociones obedezcan. Consiste, entre otras cosas, en aprender a relacionarnos con ellas de una manera más consciente.
La otra realidad quizá esté dentro
Volvamos a Matrix.
**Quizá la pregunta interesante no sea cuál de las dos pastillas elegiríamos. Quizá sea otra:**
¿Qué estamos dispuestos a mirar cuando dejamos de buscar una respuesta que confirme aquello que ya pensábamos?
Porque muchas veces no necesitamos que alguien nos diga qué hacer. Necesitamos encontrar un poco de espacio para poder observar lo que estamos haciendo, lo que estamos sintiendo y aquello que quizá todavía no habíamos visto.
Eso no garantiza que encontremos la solución.
Ni siquiera garantiza que la solución exista en ese momento.
Pero puede ampliar el lugar desde el que estamos mirando.
Y a veces eso ya cambia bastante las posibilidades.
Quizá no exista una pastilla roja para nuestras emociones.
Quizá tengamos algo más interesante: la posibilidad de detenernos, mirar otra vez y descubrir que la realidad que creíamos conocer todavía podía mostrarnos algo diferente.