Hay emociones que nos gusta sentir y otras que preferiríamos no sentir nunca. La alegría nos parece bienvenida; la tristeza, el miedo, la frustración o la angustia, en cambio, nos incomodan y, cuando aparecen, buscamos rápidamente la manera de hacerlas desaparecer.
Quizá por eso, cuando atravesamos un momento difícil, nuestra primera pregunta no siempre es «¿qué me está pasando?», sino «¿cómo puedo dejar de sentirme así?».
Queremos volver cuanto antes a nuestro estado habitual. Encontrar algo que nos calme. Recuperar el control. Que aquello que duele deje de doler.
Y entonces aparece una pregunta que quizá merezca la pena hacerse con algo más de calma: ¿estamos intentando medicar las emociones cuando, en realidad, algunas de ellas forman parte de la experiencia de estar vivos?
No se trata de cuestionar la medicina ni los tratamientos que pueden ser necesarios cuando existe un problema de salud. Hay situaciones en las que pedir ayuda profesional y seguir un tratamiento es precisamente una forma de cuidarnos.
La pregunta es otra.
¿Qué hacemos con aquellas emociones que no son una enfermedad, pero que nos resultan difíciles de soportar?
Cuando queremos dejar de sentir
Vivimos en una época poco amiga de la incomodidad.
Queremos respuestas rápidas, soluciones eficaces y resultados que podamos notar cuanto antes. Si algo nos duele, buscamos aliviarlo; si algo nos preocupa, intentamos resolverlo; si estamos tristes, procuramos animarnos.
Incluso nuestro lenguaje cotidiano está lleno de expresiones que parecen invitarnos a salir cuanto antes de aquello que sentimos:
No pienses más en eso.
Anímate.
No merece la pena estar así.
Todo pasará.
Hay que ser positivo.
Son frases que muchas veces nacen de una buena intención. Queremos ayudar. Queremos que la persona que tenemos delante deje de sufrir. Pero quizá, sin darnos cuenta, estemos transmitiendo otra idea: que sentirse mal es algo que deberíamos solucionar cuanto antes.
Y no siempre es así.
La tristeza después de una pérdida, el miedo ante una situación desconocida, la frustración cuando algo no sale como esperábamos o la incertidumbre ante un cambio importante pueden formar parte de una respuesta humana ante lo que estamos viviendo.
No necesitamos convertir cada emoción incómoda en un problema que haya que eliminar.
Quizá necesitemos aprender a escucharla.
Las emociones no siempre necesitan desaparecer
Cuando una emoción nos desborda resulta difícil verla con perspectiva. La tristeza puede ocuparlo todo. El miedo puede reducir nuestras posibilidades. La frustración puede hacernos creer que nada tiene solución.
En esos momentos buscamos una salida inmediata y, precisamente por eso, nuestro campo de visión puede hacerse más pequeño.
Es como si aquello que sentimos colocara unas gafas delante de nuestros ojos y, durante un tiempo, solo pudiéramos ver una parte de la realidad.
La emoción es real, pero no necesariamente contiene toda la realidad.
Por eso puede resultar útil detenernos antes de reaccionar.
¿Qué estoy sintiendo?
¿Qué ha ocurrido para que me encuentre así?
¿Qué parte de lo que estoy pensando pertenece a lo que está ocurriendo y qué parte pertenece a mi interpretación?
¿Qué necesito ahora?
¿Hay otra manera de mirar esta situación?
No siempre encontraremos una respuesta. A veces ni siquiera podremos contestar a todas estas preguntas.
Pero formularlas ya supone un pequeño desplazamiento.
Dejamos de estar únicamente dentro de aquello que sentimos y empezamos, poco a poco, a observarlo.
Prepararnos para los momentos difíciles
Hay algo que me parece especialmente importante: no podemos esperar a encontrarnos completamente desbordados para empezar a aprender a relacionarnos con nuestras emociones.
Podemos practicar cuando estamos bien.
Podemos aprender a reconocer cómo reacciona nuestro cuerpo ante el miedo, qué pensamientos aparecen cuando estamos frustrados, qué hacemos cuando algo nos entristece o qué necesitamos cuando sentimos que no podemos más.
Podemos aprender a respirar, a detenernos, a escribir, a caminar, a hablar con alguien, a escuchar nuestro cuerpo o simplemente a concedernos unos minutos antes de actuar.
No porque exista una técnica que funcione siempre, sino porque cada persona puede ir descubriendo qué recursos le ayudan a atravesar determinadas situaciones.
Nuestro trabajo no consiste en conseguir que nunca aparezcan emociones difíciles. Consiste, quizá, en no sentirnos completamente indefensos cuando aparecen.
En las dinámicas de Mover los Sentimientos aparece precisamente esta idea de respetar el propio ritmo y trabajar las emociones desde una «calma activa». No se trata de forzar una respuesta ni de llegar rápidamente a una conclusión, sino de abrir un espacio para observar qué está ocurriendo y qué relación podemos establecer con ello.
El trabajo que hacemos hacia dentro
A veces esperamos que algo o alguien venga a sacarnos de una situación que nos resulta difícil.
Un consejo.
Una solución.
Una respuesta.
Y es comprensible. Cuando estamos sufriendo, agradeceríamos que alguien pudiera indicarnos exactamente qué hacer.
Pero probablemente todos hemos experimentado alguna vez que alguien nos explica desde fuera cuál sería la solución a nuestro problema y, aun sabiendo que quizá tenga razón, nosotros todavía no podemos verla.
Cada persona mira su realidad desde un lugar determinado.
Por eso el trabajo interior no consiste necesariamente en encontrar la respuesta correcta, sino en ampliar la mirada para que puedan aparecer otras posibilidades.
Es una de las razones por las que las preguntas tienen tanta importancia en Mover los Sentimientos. La herramienta no pretende decirnos qué debemos hacer. Una carta, una acción o una pista pueden convertirse en un punto de partida para formular preguntas sobre aquello que estamos viviendo. El azar introduce una pequeña ruptura en nuestros recorridos habituales y nos invita a mirar desde otro lugar.
No se trata de que la carta tenga la respuesta.
La respuesta, si llega, pertenece a la persona.
No se trata de anestesiarnos
Quizá la cuestión no sea si podemos evitar sentir tristeza, miedo o frustración.
Quizá sea qué hacemos cuando aparecen.
Podemos intentar ignorarlas. Podemos distraernos. Podemos buscar una solución inmediata. Podemos incluso enfadarnos con nosotros mismos por sentir aquello que sentimos.
Pero también podemos detenernos y preguntarnos qué nos están mostrando.
No todas las emociones contienen un mensaje claro ni debemos convertirlas necesariamente en una lección. A veces simplemente estamos atravesando un momento doloroso. Y también necesitamos poder decirlo sin sentir que estamos fracasando.
Aceptar una emoción no significa resignarnos a ella.
Sentir miedo no significa que tengamos que actuar desde el miedo. Sentir tristeza no significa que debamos permanecer en ella. Sentir frustración no significa que aquello que deseamos sea imposible.
Podemos sentir y, al mismo tiempo, seguir buscando nuestra manera de actuar.
Ahí aparece una diferencia importante entre sentir algo y quedar atrapados en aquello que sentimos.
¿Podemos aprender a convivir con lo que sentimos?
Quizá sí, aunque no exista una fórmula.
Podemos aprender a reconocer antes aquello que nos ocurre. Podemos descubrir nuestros recursos. Podemos pedir ayuda cuando la necesitamos. Podemos hablar. Escribir. Escuchar. Respirar. Caminar. Esperar.
Y podemos aprender también que no todas las emociones necesitan una respuesta inmediata.
Algunas necesitan simplemente que les hagamos un poco de espacio.
En este sentido, trabajar nuestro mundo emocional no consiste en conseguir una vida sin miedo, sin tristeza o sin frustraciones. Sería una expectativa poco realista.
Consiste en ampliar nuestra capacidad para estar con aquello que nos ocurre sin que cada emoción tenga que convertirse inmediatamente en una orden.
Nuestros sentimientos están ahí. No podemos anestesiarlos a voluntad. Pero sí podemos aprender a reconocerlos, observarlos y encontrar maneras de relacionarnos con ellos.
Eso requiere tiempo, práctica y honestidad.
Y quizá también algo de paciencia con nosotros mismos.
Mover los Sentimientos
Fue precisamente desde esa necesidad de detenernos y mirar de otra manera como nació Mover los Sentimientos.
No como una solución para aquello que nos preocupa, sino como una herramienta que puede abrir un espacio de exploración. Cada carta propone una planta y una acción; después aparecen las Pistas y Simbología, que no interpretan lo que nos ocurre ni ofrecen una respuesta única. Su función es acompañar el pensamiento y favorecer nuevas asociaciones con nuestra propia experiencia.
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Quizá por eso sigo pensando que trabajar con las emociones tiene más que ver con abrir posibilidades que con cerrarlas.
No buscamos sentir de una determinada manera.
Buscamos poder mirar lo que sentimos con algo más de libertad.
No necesitamos sentirnos bien todo el tiempo
Hay una idea que me parece importante conservar.
No tenemos que estar bien todo el tiempo para estar haciendo las cosas bien.
La vida incluye momentos que nos alegran y otros que nos rompen un poco los planes, las expectativas o incluso la imagen que teníamos de nosotros mismos.
Sentir forma parte de ese recorrido.
Tal vez el verdadero trabajo no consista en encontrar una manera de dejar de sentir aquello que nos incomoda, sino en aprender a escucharnos cuando aparece, reconocer nuestros límites, pedir ayuda cuando sea necesario y descubrir qué podemos hacer con aquello que nos está pasando.
Porque quizá la pregunta más interesante no sea:
«¿Cómo hago para dejar de sentir esto?»
sino:
«¿Qué puedo descubrir de mí mientras atravieso lo que estoy sintiendo?»
Una invitación a mirar
Quizá todos necesitamos, de vez en cuando, un lugar donde detenernos antes de buscar una respuesta.
Un espacio para observar lo que sentimos, lo que pensamos y aquello que hacemos con ello.
No para encontrar una solución inmediata.
Simplemente para mirar.