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Existen muchas publicaciones y artículos sobre la adolescencia, esa etapa en la que los jóvenes comienzan a formar su propia personalidad, a conocerse a sí mismos y también a cuestionar la autoridad y las normas. Pero quizá resulte más interesante detenernos en las propias quejas de los adolescentes y preguntarnos qué nos están diciendo cuando se relacionan con los adultos que les acompañamos.

Porque, cuando les damos la oportunidad de hablar, aparecen algunas frases que se repiten con sorprendente frecuencia.

«No nos escuchan».

«Nos sueltan el rollo».

«No nos entienden».

Tres quejas que pueden parecer muy sencillas, pero que esconden algo bastante más profundo sobre la relación entre adolescentes y adultos.


Las tres quejas de los adolescentes

«No nos escuchan»

Todos hemos oído hablar de adolescentes que se encierran en su habitación, que contestan con monosílabos o que parecen no tener ningún interés en conversar con los adultos.

Y, sin embargo, cuando les animamos a expresar qué les molesta de nuestra relación con ellos, muchas veces aparece precisamente esta queja:

«No nos escuchan».

Y no se refieren únicamente a sus padres. También hablan de sus profesores, de otros adultos de su entorno y, en general, de quienes intentamos acompañarlos durante esta etapa.

Quizá aquí exista una pequeña contradicción que merece la pena mirar.

Queremos que nos cuenten lo que les ocurre, pero ¿estamos realmente preparados para escuchar lo que nos cuentan?

Escuchar no significa únicamente permanecer callados mientras el otro habla. Significa prestar atención, intentar comprender lo que está diciendo y aceptar que quizá su manera de vivir una situación no coincida con la nuestra.

Durante la adolescencia aumenta la necesidad de independencia y autonomía respecto a la familia. Los jóvenes empiezan a tomar distancia de la protección y de la autoridad de los padres, aunque continúen necesitando ese vínculo y ese lugar al que regresar.

Es un movimiento aparentemente contradictorio: quieren separarse y, al mismo tiempo, necesitan saber que seguimos ahí.

Por eso sentirse escuchados resulta tan importante. Necesitan poder exponer sus opiniones, comprobar que tienen un espacio propio y experimentar que aquello que piensan merece ser tomado en consideración, aunque finalmente la decisión no sea la que ellos esperaban.

La escucha no significa estar de acuerdo.

Significa reconocer al otro.

Y quizá no haya mejor manera de empezar a construir una relación de confianza.


«Nos sueltan el rollo»

Esta segunda queja tiene algo de divertida, quizá porque muchos adultos podemos reconocernos en ella.

Los padres solemos hablar desde las mejores intenciones. Tenemos experiencia, hemos cometido errores, hemos aprendido algunas cosas y, naturalmente, queremos evitar a nuestros hijos determinados sufrimientos.

Por eso, cuando vemos que se acercan a un problema que nosotros ya conocemos, sentimos la necesidad de advertirles.

Les explicamos.

Les aconsejamos.

Les contamos lo que deberían hacer.

Y ellos escuchan durante unos segundos hasta que, en algún momento, desconectan.

«Otra vez nos están soltando el rollo».

No necesariamente porque aquello que decimos sea incorrecto. Puede que incluso tengamos razón.

El problema está en que una respuesta que llega antes de haber escuchado la pregunta difícilmente puede convertirse en una conversación.

Cuando hablamos sin haber comprendido previamente qué preocupa al adolescente, cuáles son sus miedos o qué significado tiene para él aquello que está viviendo, nuestras palabras pueden convertirse fácilmente en un discurso que le llega desde fuera.

Quizá por eso, ante un problema, resulte más interesante comenzar preguntando.

¿Qué ha pasado?

¿Cómo lo estás viendo tú?

¿Qué opciones crees que tienes?

¿Qué ocurriría si hicieras una cosa u otra?

No se trata de abandonar nuestro papel de adultos ni de dejar que los adolescentes tengan siempre la última palabra. Acompañar también significa poner límites, señalar consecuencias y asumir la responsabilidad que nos corresponde.

Pero una cosa es acompañar y otra muy diferente intentar vivir por ellos.

La educación emocional parte precisamente de reconocer las propias emociones y comprender mejor las de los demás, incluyendo esa capacidad de percibir el clima emocional que existe en una situación concreta.

Quizá una buena conversación no consista en encontrar rápidamente la solución que nosotros ya teníamos preparada, sino en ayudar al adolescente a mirar el problema con suficiente espacio para que pueda construir parte de la suya.


«No nos entienden»

Y llegamos a la tercera queja.

«No nos entienden».

A primera vista parece la consecuencia lógica de las dos anteriores. Si no me escuchas y cuando hablo me sueltas un discurso, es bastante probable que yo sienta que tampoco me comprendes.

Pero hay algo más.

Durante la adolescencia aparece una experiencia nueva: la necesidad de construir un criterio propio y encontrar un lugar entre los demás. Los jóvenes empiezan a descubrir que no pueden seguir mirando el mundo únicamente desde el lugar que ocupaban durante la infancia.

Y eso no siempre resulta sencillo.

Quieren nuestra aprobación, pero también quieren diferenciarse de nosotros. Quieren autonomía, pero todavía necesitan apoyo. Quieren que confiemos en ellos, aunque a veces sus decisiones nos preocupen.

Necesitan conexión y, al mismo tiempo, necesitan distancia.

Quizá por eso la adolescencia pueda resultar tan desconcertante para todos.

Para ellos, porque están descubriendo quiénes son.

Para nosotros, porque tenemos que aprender a relacionarnos con una persona que ya no es la que conocíamos.

Cada adolescente es diferente. Podemos encontrar rasgos comunes, pero sería injusto convertirlos en etiquetas. No todos viven las mismas experiencias, ni tienen el mismo grado de madurez, ni necesitan exactamente lo mismo.

La responsabilidad que podemos asumir como adultos consiste también en aprender a ajustar nuestra manera de acompañar a la persona concreta que tenemos delante.

No hay una adolescencia. Hay adolescentes.


Escuchar no significa decir que sí

Quizá una de las dificultades más importantes aparezca cuando aquello que el adolescente quiere no coincide con aquello que nosotros consideramos adecuado.

Ahí aparece el conflicto.

Y también la negociación.

Negociar no significa que una de las dos partes tenga que ganar y la otra perder. Significa intentar encontrar una forma de resolver un conflicto de intereses que resulte aceptable para quienes están implicados.

Esto exige abandonar una idea que a veces llevamos incorporada: que los problemas tienen una única solución y que esa solución es necesariamente la que proponemos nosotros.

Podemos analizar juntos las alternativas, explicar nuestros motivos, escuchar los suyos y buscar acuerdos. Y también podemos encontrarnos con que el adolescente no está de acuerdo.

Que alguien diga «no me entiendes» no significa necesariamente que no le hayamos entendido. A veces significa simplemente: «No estoy de acuerdo con lo que me estás diciendo».

Y aprender a distinguir una cosa de la otra también forma parte de crecer.

Los límites continúan siendo necesarios. La autoridad también. Pero pueden sostenerse desde una relación en la que exista escucha y respeto, sin convertir cada diferencia en una batalla.


Quizá necesitamos escuchar de otra manera

Los adolescentes no necesitan adultos perfectos.

Necesitan adultos disponibles, capaces de reconocer que tampoco ellos tienen siempre la respuesta correcta y que acompañar a otra persona implica, muchas veces, aprender mientras caminamos.

Escuchar no significa dejar de ser padre, madre, profesor o educador.

Preguntar no significa renunciar a nuestra autoridad.

Intentar comprender no significa justificarlo todo.

Podemos escuchar y poner límites. Podemos comprender y mantener un desacuerdo. Podemos acompañar sin resolver cada problema.

Quizá la cuestión sea encontrar ese lugar en el que el adolescente pueda sentir:

«Aunque no pienses como yo, puedo hablar contigo».

Y quizá eso sea mucho más importante de lo que parece.

Porque cuando una persona sabe que puede hablar sin ser juzgada inmediatamente, aumentan las posibilidades de que vuelva a hacerlo cuando realmente necesite ayuda.


Una conversación también puede ser un espacio para descubrir

En Mover los Sentimientos, el objetivo no es enseñar a los adolescentes qué deberían sentir ni ofrecerles una interpretación sobre aquello que les ocurre. La herramienta está pensada para crear condiciones que permitan detenerse, conversar, escuchar otras perspectivas y construir significado desde la propia experiencia.

En los talleres con adolescentes, precisamente, la experiencia compartida tiene un papel importante. El grupo permite escuchar cómo otras personas interpretan una misma situación y descubrir perspectivas que quizá no habrían aparecido trabajando individualmente.

Quizá por eso trabajar las emociones con adolescentes no tenga que convertirse necesariamente en una lección sobre emociones.

Puede ser algo mucho más sencillo.

Un espacio para hablar.

Para escuchar lo que otros piensan.

Para descubrir que aquello que yo vivo no es necesariamente lo mismo que vive la persona que tengo al lado.

Para encontrar palabras cuando todavía no las tenemos.

Y, algunas veces, para descubrir que detrás de un «no me entiendes» había una necesidad que todavía no habíamos sabido escuchar.


La adolescencia también es una oportunidad para nosotros

Acompañar a un adolescente nos obliga, en cierto modo, a revisar nuestra propia manera de relacionarnos.

Nos obliga a preguntarnos si escuchamos de verdad, si hablamos demasiado, si tenemos la necesidad de tener razón o si somos capaces de aceptar que nuestros hijos o nuestros alumnos pueden construir caminos diferentes de los que nosotros habíamos imaginado.

La adolescencia no tiene por qué convertirse en una batalla entre generaciones.

Puede ser también un viaje conjunto de descubrimiento.

Ellos están descubriendo quiénes son.

Y nosotros estamos descubriendo quiénes son ellos ahora.

Quizá las tres quejas más frecuentes de los adolescentes no sean únicamente una lista de reproches.

Quizá sean también una invitación.

«Escúchame».

«No me des siempre la respuesta».

«Intenta comprender cómo lo estoy viviendo».

Y tal vez, si somos capaces de escucharlas de esa manera, descubramos que detrás de aquellas frases no hay únicamente una demanda de libertad.

Hay también una demanda de vínculo.

→ Descubre Mover los Sentimientos


Acompañar procesos emocionales no consiste en tener siempre las palabras adecuadas. A veces consiste, sencillamente, en estar dispuesto a escuchar las que el otro todavía está intentando encontrar.

→ Una invitación a mirar

Mover los Sentimientos
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