No todas las personas encuentran el mismo camino

Una invitación a mirar: Capítulo 2

No todas las personas encuentran el mismo camino

Durante un tiempo pensé que una buena pregunta bastaba para abrir una conversación.

Si era respetuosa, si llegaba en el momento oportuno y dejaba espacio para responder sin miedo, imaginaba que terminaría encontrando el lugar desde el que la otra persona pudiera hablar.

A veces ocurría.

Pero muchas otras no.

Había personas que encontraban las palabras enseguida. Otras permanecían en silencio. Algunas necesitaban tiempo. Otras respondían con aparente naturalidad y, aun así, intuía que aquello que realmente querían expresar seguía esperando en algún lugar más profundo.

Al principio pensé que era una cuestión de confianza. Después creí que dependía de la edad, del carácter o de la experiencia de cada uno. Sin embargo, cuanto más observaba, menos me convencían esas explicaciones.

Un mismo grupo, una misma propuesta y un mismo ambiente podían dar lugar a experiencias completamente distintas.

Aquello despertó mi curiosidad.

No porque quisiera encontrar un método que funcionara siempre. Nunca he creído que exista. Lo que necesitaba comprender era por qué personas que compartían una misma experiencia recorrían caminos tan diferentes para acercarse a ella.

Con el tiempo dejé de buscar el camino correcto.

Empecé a preguntarme cuál era el camino de cada persona.

El cambio parecía pequeño, pero transformó profundamente mi manera de acompañar.

Dejé de esperar determinadas respuestas y empecé a prestar atención a aquello que aparecía de forma espontánea. Descubrí que había personas que pensaban con imágenes antes que con conceptos. Otras necesitaban moverse. Algunas encontraban sentido dibujando. Otras hablando. Otras, simplemente, permaneciendo en silencio.

Comprendí entonces que expresar lo que sentimos no consiste únicamente en encontrar las palabras adecuadas. A veces el primer paso consiste en descubrir cuál es el lenguaje que mejor nos permite acercarnos a ello.

Fue precisamente esa pregunta la que empezó a transformar también mi manera de trabajar.

Si no todas las personas recorremos el mismo camino, quizá tampoco tenga sentido ofrecer a todas la misma forma de llegar.

No buscaba una técnica diferente.

Buscaba respetar la forma en que cada persona construye su propia mirada.

Y fue entonces cuando empecé a descubrir que, en ocasiones, una imagen podía abrir un camino que las palabras, por sí solas, no conseguían encontrar.

Detenerse también forma parte del camino.

El capítulo termina aquí. La mirada, no.

— Carmen Sanjuán —

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