El azar no decide. Interrumpe.
Una invitación a mirar: Capítulo 4
El azar no decide. Interrumpe.
Seguí observando cómo las personas elegían las imágenes con las que querían trabajar. Era un gesto aparentemente sencillo, pero cuanto más lo observaba, más reconocía en él un comportamiento que también descubría en mí misma.
Casi siempre elegíamos aquello que nos resultaba familiar. Una imagen nos atraía porque nos parecía bonita, porque despertaba un recuerdo agradable o porque, de alguna manera, confirmaba la idea que ya teníamos de nosotros mismos.
No había nada extraño en ello.
Elegimos continuamente. Y casi siempre lo hacemos desde lugares que conocemos bien.
Aquella observación no me llevó a pensar que elegir estuviera mal. Lo que despertó en mí fue otra pregunta.
Si tendemos a recorrer una y otra vez los mismos caminos, ¿qué ocurre con todos los demás?
¿Qué pasa con aquellas imágenes a las que nunca nos acercamos porque, sencillamente, no forman parte de nuestro paisaje habitual?
No buscaba sustituir una elección por otra mejor. Me interesaba comprobar qué sucedería si, por un momento, interrumpíamos ese recorrido tan conocido. Si introducíamos un pequeño elemento de sorpresa que nos obligara a detenernos y mirar desde otro lugar.
Así empezó a aparecer el azar.
No como una fuerza misteriosa capaz de revelar verdades ocultas, sino como un invitado discreto que interrumpe la inercia con la que solemos acercarnos a las cosas.
Recuerdo que, en los primeros talleres, algunas personas recibían una imagen y sonreían con cierta decepción.
– «Yo nunca habría elegido ésta».
Aquella reacción me interesaba mucho más que la propia imagen. Porque detrás de esa frase se escondía una expectativa: la de encontrar algo que encajara inmediatamente con la idea que cada uno tenía de sí mismo.
Sin embargo, bastaban unos minutos para que empezara a ocurrir algo diferente.
La imagen permanecía inmóvil.
No cambiaba.
Quien empezaba a cambiar era la persona que la observaba.
Poco a poco aparecían asociaciones inesperadas, recuerdos que nadie había previsto o emociones que hasta ese momento parecían no tener relación con aquella fotografía.
Nunca dejaba de sorprenderme.
No porque creyera que el azar hubiera escogido la imagen adecuada para esa persona. Sigo sin pensarlo. Lo que sucedía era mucho más sencillo y, precisamente por eso, mucho más interesante. Al no haber elegido la imagen desde sus preferencias habituales, la persona iniciaba una conversación distinta consigo misma.
Entonces comprendí que el azar no ofrecía respuestas.
Ni siquiera hacía preguntas.
Su única aportación consistía en interrumpir un recorrido demasiado conocido para abrir la posibilidad de explorar otro.
Descubrí que ese pequeño desplazamiento tenía mucho más valor del que había imaginado. No porque condujera siempre a grandes descubrimientos, sino porque nos recordaba algo que con facilidad olvidamos: existen muchas maneras de mirar una misma realidad y, cuando dejamos de recorrer siempre el mismo camino, aparecen paisajes que hasta entonces permanecían ocultos.
Y entonces entendí que la imagen, por sí sola, tampoco era lo verdaderamente importante.
Lo esencial no ocurría en una carta ni en una fotografía.
Ocurría en ese instante en el que una persona dejaba de hablar de la imagen y, casi sin advertirlo, empezaba a hablar de sí misma.
Detenerse también forma parte del camino.
El capítulo termina aquí. La mirada, no.
— Carmen Sanjuán —