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Sabemos que la vida, de vez en cuando, nos regala momentos que no habíamos previsto. Momentos que aparecen casi sin avisar y que, precisamente por eso, pueden quedarse mucho tiempo en nuestra memoria.

Uno de esos momentos ocurrió durante un taller de Educación Emocional con adolescentes.

Llevábamos un tiempo trabajando juntos. Poco a poco se había ido construyendo algo que para mí resulta imprescindible cuando trabajamos con emociones: un espacio suficientemente seguro como para poder decir algo personal sin sentir que inmediatamente tenemos que justificarlo, explicarlo o defenderlo.

Y entonces uno de los chicos se levantó y dijo:

«Lo que de verdad me haría ilusión sería tener un amigo».

Pum.

A veces una frase tan sencilla puede producir algo parecido a un golpe en el estómago.

Durante unos segundos, todo lo demás desapareció. No había teoría, ni actividad, ni objetivos de la sesión. Solo estaba aquella frase y lo que contenía.

Cuando una frase dice mucho más de lo que parece

«Tener un amigo».

Podría parecer un deseo sencillo, incluso algo propio de cualquier adolescente. Pero en aquel momento no sonó así. Sonó como el reconocimiento de una necesidad. Como si, de repente, aquel chico hubiera conseguido poner palabras a algo que probablemente llevaba tiempo viviendo sin saber muy bien cómo expresarlo.

Y eso es precisamente lo que me interesa de estos momentos: no necesitamos que alguien nos explique qué significa una emoción cuando la propia persona consigue encontrar las palabras para decir aquello que le ocurre.

En el trabajo con adolescentes, una parte importante consiste precisamente en abrir espacios donde esas palabras puedan aparecer. No para obligar a nadie a contar lo que no quiere contar, sino para que exista la posibilidad de hacerlo cuando encuentre el momento y la confianza necesarios.

En aquella experiencia con alumnos de secundaria del IES Fort Pius, esa posibilidad se fue construyendo poco a poco. El trabajo se desarrollaba en el espacio de tutoría y combinaba reflexión individual, conversación y escritura. Cada participante disponía también de un diario en el que podía recoger aquello que la experiencia le iba despertando.

Pero aquel día no hizo falta escribir nada para que apareciera algo importante. Bastó una frase.

Cuando el deseo es tener un amigo

La amistad ocupa un lugar enorme en la vida, aunque quizá solo nos demos cuenta de su importancia cuando nos falta.

Tener alguien a quien contarle algo que nos preocupa. Alguien con quien compartir una alegría sin tener que explicarla demasiado. Alguien cuya presencia nos haga sentir que ocupamos un lugar concreto en la vida de otra persona.

Un amigo no es solamente alguien con quien pasamos un buen rato. Puede convertirse en una referencia, en una persona ante la que podemos mostrarnos de una manera que quizá no nos resulta posible en otros espacios.

Y en la adolescencia, cuando tantas cosas están cambiando al mismo tiempo, esa pertenencia puede adquirir todavía más importancia.

No es extraño que en aquel grupo apareciera la amistad cuando se preguntaba por aquello que se valoraba en otras personas. Entre las respuestas surgían el respeto, la amabilidad, la simpatía y, de manera explícita, la amistad y el amor. También aparecía la preocupación por la posibilidad de ser excluido del grupo de amigos.

Por eso aquella frase no me pareció una ocurrencia.

Me pareció un descubrimiento.

Lo que necesitamos de los demás

A veces hablamos de autonomía como si crecer consistiera en necesitar cada vez menos a los demás.

Yo no lo veo así.

Crecer también puede significar aprender a elegir mejor nuestros vínculos, reconocer qué necesitamos de otras personas y descubrir qué podemos ofrecer nosotros a quienes forman parte de nuestra vida.

Necesitar amistad no nos hace menos autónomos. Nos hace humanos.

Un amigo puede ser alguien que nos escucha, pero también alguien que nos contradice. Alguien que nos ayuda a ver algo que nosotros no estábamos viendo. Alguien cuya mirada nos devuelve una imagen de nosotros mismos que quizá necesitábamos conocer.

La amistad necesita reciprocidad, respeto y un cierto equilibrio. No consiste en encontrar a alguien que esté siempre de acuerdo con nosotros, sino a alguien con quien podamos compartir una relación en la que ambas personas tengan voz y puedan reconocerse mutuamente.

Quizá por eso la amistad tenga tanto que ver con el reconocimiento.

Reconocer al otro.

Sentirnos reconocidos.

Dar un lugar y ocupar un lugar.

Y quizá también por eso perder una amistad pueda doler tanto. No perdemos solamente a una persona con la que compartíamos cosas. Perdemos, aunque sea temporalmente, un espacio en el que también éramos alguien.

La amistad también se aprende mirando

Hay una frase que me acompaña cuando pienso en la amistad: «No hay amigos, hay momentos de amistad», de Jules Renard.

Me gusta porque introduce una cierta ligereza en algo que solemos imaginar como definitivo. Hay personas que nos acompañan durante muchos años y otras que aparecen durante una parte concreta de nuestro camino. Algunas se quedan; otras se alejan. Hay amistades que nosotros no supimos conservar y otras en las que fuimos nosotros quienes no encontramos el lugar que necesitábamos.

Pero incluso esas relaciones que terminan pueden dejarnos algo. Una forma diferente de mirar. Una experiencia. Una pregunta sobre nosotros mismos.

Yo he hecho amigos en muchos de los lugares por los que he pasado. Algunos siguen formando parte de mi vida y otros han quedado en los márgenes de caminos que ya no recorremos juntos. Y también están aquellos a los que recuerdo precisamente porque un día me negaron su amistad.

No todo vínculo está destinado a permanecer. Y quizá aceptar esto también forma parte de aprender a relacionarnos.

Un taller puede abrir una puerta

Cuando aquel adolescente dijo que su mayor ilusión era tener un amigo, no estaba realizando un ejercicio para demostrar que había aprendido algo.

Estaba hablando de sí mismo.

Y esa diferencia me parece fundamental.

En un taller de Educación Emocional podemos preparar preguntas, propuestas y materiales. Podemos diseñar un recorrido y pensar qué queremos trabajar. Pero nunca sabemos exactamente qué aparecerá cuando dejamos espacio para que las personas hablen desde su propia experiencia.

En aquel grupo, el trabajo con Mover los Sentimientos servía precisamente como facilitador de esa exploración: la carta y las Pistas y Simbología ofrecían un punto de partida, pero el significado se construía a partir de aquello que cada participante relacionaba con su propia experiencia.

Eso es lo que más me interesa de una herramienta de este tipo. No que provoque una respuesta determinada, sino que pueda abrir una puerta para que aparezca una respuesta que pertenece a la persona.

→ Descubre Mover los Sentimientos

A veces el deseo ya contiene una pregunta

Aquel chico dijo que quería tener un amigo.

No dijo que quería ser más popular.

No dijo que quería tener más seguidores.

No dijo que quisiera cambiar su aspecto, sacar mejores notas o conseguir algo material.

Dijo que quería un amigo.

Y quizá lo más valioso de aquella frase no fuera únicamente el deseo que expresaba, sino que hubiera podido reconocerlo y decirlo delante de los demás.

Porque reconocer lo que necesitamos también es una forma de conocernos.

Y quizá algunas veces un deseo no sea solamente algo que queremos conseguir.

Puede ser una pista.

Una pista sobre aquello que nos falta, sobre aquello que valoramos, sobre la clase de vínculo que necesitamos o sobre la persona que queremos llegar a ser.

Aquel adolescente me enseñó algo que sigo recordando: que detrás de una frase sencilla puede haber un mundo entero.

Aquella frase formó parte de una experiencia más amplia de trabajo con adolescentes, desarrollada durante varias sesiones de tutoría y orientada a explorar la conciencia emocional a partir de aquello que cada participante estaba viviendo. Si quieres conocer cómo se desarrolló aquel proceso, puedes descubrir la experiencia completa.

→ Conoce la experiencia con adolescentes

Y es que, cuando alguien encuentra el valor para expresar lo que siente en voz alta, quizá lo más importante no sea apresurarnos a buscar una solución.

Quizá sea, sencillamente, escuchar.

Mover los Sentimientos
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