Encontré a Mónica por los pasillos el tercer día que llegaba para impartir el «Taller de Emociones», como lo llamaban en el Centro Can Banús de la Fundació Acollida i Esperança, donde colaboraba.
Me contó que durante el fin de semana se había encontrado con Vicente y con su hija, que había ido a visitarlo. Y que su hija le había explicado que ya sabía que Vicente hacía un taller de emociones. Incluso le había enseñado el tarjetero que utilizaba en el taller, a modo de diario.
Con aquel comentario me sentí profundamente orgullosa. De esas veces en las que una podría escalar la montaña más alta y, al mirarse después en el espejo, sonreír con una sonrisa del alma.
Vicente estaba en el taller desde el primer día. Al comenzar cada sesión me preguntaba para qué servía aquello. Me quería importunar, sí, pero también era su manera de acercarse a mí.
Y aquella pregunta me daba pie para recordar al grupo, una y otra vez, qué estábamos haciendo allí.
-Hoy comenzamos nuestra cuarta sesión del Taller de Educación Emocional. Aquí no vamos a aprender a sentir emociones, porque del amor y del miedo todos sabemos. Vamos a dar la vuelta a las emociones que sentimos, a observar cómo una misma circunstancia puede llevarnos a sentir cosas diferentes y cómo nuestra manera de mirar también puede cambiar.
Después comenzábamos con una pequeña relajación y continuábamos trabajando.
No buscábamos respuestas correctas. Tampoco pretendíamos que todo el mundo contara aquello que sentía. Cada persona participaba desde su propio lugar y a su propio ritmo. Lo importante era crear un espacio donde pudieran detenerse, observar, hablar y ser escuchados.
Una hora para estar con los demás
Durante aquellas sesiones trabajamos sobre la alegría, la envidia y los celos, la confianza, el afecto y el amor, la vergüenza, el agradecimiento, los prejuicios y la empatía, el miedo, la tristeza, el respeto, la ira, el orgullo…
Más que aprender una lista de emociones, nos interesaba observar qué ocurría cuando las poníamos en relación con nuestra propia experiencia y con la de los demás.
Cada viernes, durante una hora, todos tenían un espacio para estar presentes, relacionarse, escuchar y ser escuchados.
Puede parecer poco.
Pero una hora puede ser mucho cuando durante esa hora alguien siente que tiene un lugar.
De ahí viene el título de esta historia: una hora mágica.
No porque ocurriera nada extraordinario en apariencia. Precisamente porque durante aquella hora podían ocurrir cosas que no siempre encuentran espacio en otros lugares.
Aquel taller formaba parte de un proceso más amplio de educación emocional junto a los residentes de la Fundació Acollida i Esperança, en el que trabajamos a través de la exploración simbólica, la escritura, el diario emocional y la conversación compartida.
→ Conoce la experiencia completa: «Conciencia emocional y bienestar en contextos de vulnerabilidad»
Vicente y la pregunta que siempre volvía
«¿Para qué sirve esto?»
Vicente me lo preguntaba constantemente.
Era su manera de ponerme a prueba, de cuestionar lo que hacíamos y, quizá también, de asegurarse de que aquello tenía algún sentido para él.
Y yo no tenía una respuesta que pudiera darle de una vez para siempre.
Porque la respuesta no estaba únicamente en lo que yo pudiera explicarle. Tenía que aparecer en aquello que cada uno descubriera durante el proceso.
Con el tiempo, Vicente fue participando cada vez más. Aquel hombre que llegaba cuestionando para qué servía el taller acabó siendo uno de los participantes más implicados.
Y entonces ocurrió algo que todavía recuerdo con especial intensidad.
Su hija me contó que Vicente le había enseñado su tarjetero de emociones.
Aquello significaba que algo de aquella hora había salido de la sala y había entrado en su vida cotidiana.
El orgullo de ver al otro
«Estar o sentirse orgulloso» de otra persona es uno de los sentimientos que más nos pueden conectar con nuestros vínculos. Cuando podemos reconocer aquello que admiramos en alguien y expresarlo, también estamos diciendo algo sobre la relación que mantenemos con esa persona.
Durante el taller trabajábamos precisamente sobre esa posibilidad: reconocer al otro, valorar aquello que nos aporta y permitirnos también recibir el reconocimiento de los demás.
Tener a los otros y que los otros nos tengan a nosotros, como si fuéramos dos engranajes que durante un momento funcionan al unísono.
No significa dependencia. Tampoco significa que tenga que ser para siempre ni que una relación tenga que ocupar todos los espacios de nuestra vida. Significa que existe un momento en el que dos personas se encuentran y pueden reconocerse mutuamente.
Ese momento puede durar una hora.
Y esa hora puede ser importante.
La magia también tiene que ver con sentirse visto
A veces pienso en aquella experiencia y recuerdo una expresión de la película Avatar: «Te veo».
No solamente te miro.
Te veo.
Veo que estás ahí. Reconozco tu presencia. Te recibo.
Creo que algo de eso ocurrió con Vicente.
Yo lo vi. Y él, a su manera, también me hizo ver algo a mí.
Me enseñó que detrás de una actitud aparentemente difícil puede haber una persona que necesita encontrar su lugar, que detrás de una pregunta repetida puede existir curiosidad y que detrás de un «¿para qué sirve esto?» puede haber alguien intentando averiguar si merece la pena confiar.
Esta experiencia también me recordó algo que he aprendido muchas veces trabajando con personas: no podemos decidir de antemano qué va a suceder en un taller. Podemos preparar el espacio, cuidar las propuestas y acompañar el proceso, pero el significado que cada persona construye pertenece a ella.
Eso es precisamente lo que hace que cada grupo sea diferente.
Una frase que lo decía todo
Vicente sabía que estaba enfermo. También sabía que su vida estaba llegando a su final.
Un día escribió en su tarjetero de emociones: «A pesar de mi empanada mental solo deseo la felicidad de mi hija, asistir a su boda, ser abuelo y morir en paz».
Cuántas emociones concentradas en una sola frase.
El deseo.
El amor por su hija.
La incertidumbre.
La esperanza.
El miedo a no llegar a aquello que quería vivir.
Y también una forma de aceptar que no todo estaba bajo su control.
No necesitábamos interpretar aquella frase para saber que allí había algo importante.
Él había encontrado sus propias palabras.
Una hora puede dejar una huella
Esta anécdota es mi homenaje a Vicente. A un hombre que, a pesar de las dificultades que atravesó, siguió intentando cambiar y progresar como persona. A aquel «gruñón» que llegaba a cada sesión preguntando para qué servía aquello y que, una vez comenzada, era uno de los más participativos.
Su historia también es la historia de muchas de las personas con las que he tenido la oportunidad de trabajar: personas que llegan con su propia vida, sus propias heridas, sus propias resistencias y sus propias preguntas.
Nosotros podemos ofrecer una propuesta y acompañar el proceso. Pero no sabemos qué hará cada persona con aquello que encuentra.
Vicente encontró algo que quiso llevarse a casa y compartir con su hija.
Quizá eso fuera una de las respuestas a su pregunta.
«¿Para qué sirve esto?»
Para detenerse durante una hora.
Para mirar de otra manera.
Para hablar.
Para escuchar.
Para sentirse visto.
Y, quizá, para descubrir algo de uno mismo que todavía no había encontrado palabras para decir.
En aquel proceso, Mover los Sentimientos era uno de los recursos que utilizábamos para abrir esas conversaciones y facilitar la exploración.
→ Descubre Mover los Sentimientos
No nos engañas, Vicente.
Tú sabías muy bien para qué servía el taller.